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Sábado 04 de agosto de 2018
Una historia de poder junto a los abusos sexuales (investigación comienza en Paraná)
Abusos
Abusos

Sin querer, esta investigación comenzó en 2013 cuando contacté al periodista paranaense Ricardo Leguizamón para pedirle datos sobre la muerte del cura francés Georges Grasset, promotor de la Ciudad Católica, usina de pensamiento tradicionalista que vivió su época de apogeo entre empresarios y militares argentinos durante la década del 60. Ricardo hizo de puente con Fabián Schunk, uno de los denunciantes del cura Justo José Ilarraz.

Como resultado de nuestras numerosas y casi diarias charlas, en diciembre de 2014 salió la nota en Página/12 sobre su caso. El título que originalmente tenía el artículo apuntaba a la médula del problema, puesto que enfocaba el doble juego y la responsabilidad del papa Francisco y del ex arzobispo y cardenal emérito Estanislao Karlic.

Sin embargo, producto de la notable mejoría que atravesaba la relación entre el gobierno de Cristina Fernández y Jorge Bergoglio, fue modificado sin consulta previa. En ese momento, Fabián me pidió que resguardara su identidad, porque en su ciudad natal, Paraná, la derecha católica era fuerte y agresiva contra quienes se animaban a poner en jaque al Arzobispado. Un año después se produjo el quiebre que representa la paradoja que, habitualmente, atraviesan los sobrevivientes.

Al notar que la causa estaba encallada en el Poder Judicial entrerriano, Schunk decidió romper el anonimato y salir a ponerle voz y rostro a su denuncia.

Fue cuando presentamos La derecha católica. De la contrarrevolución a Francisco, en el tórrido verano de 2016 en la capital litoraleña. A partir de entonces, casi sin moverme en muchos casos, numerosas víctimas me contactaron, lo que de seguro ocurrió con otros colegas, para que contase sus experiencias.

Tenían una hipótesis: de la única manera que podían saldar deudas con su doloroso pasado era haciendo público lo que el poder eclesiástico –y también el político– deseaba mantener oculto. Como es previsible en esta clase de situaciones, se produjo un efecto contagio.

El no al Papa. Julieta Añazco lleva consigo un sinnúmero de papeles en los que hace anotaciones sobre lo que vive, piensa y siente. Antes de convertirse en la referente nacional de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina, en uno de ellos Julieta narró por qué rechazó la invitación del papa Francisco: “Una calurosa tarde de febrero de 2014 fui a lo que creía que iba a ser un encuentro con uno de los denunciantes del cura Julio César Grassi, ya que necesitaba conocerlos, abrazarlos, compartir nuestro dolor y nuestra lucha. Había podido dar con ellos por intermedio de varias personas y esa tarde creí que alguno de ellos iba a estar en esa reunión, pero no fue así.

Me encontré con una invitación para viajar al Vaticano. Hacía cinco meses que había hecho pública mi denuncia, estaba en plena crisis y muy vulnerable. Resulta que la persona con la  cual tuve la reunión conocía al embajador argentino en Roma, Eduardo Valdez, el cual estaba organizando un encuentro entre el papa Francisco y víctimas de abuso eclesiástico de Argentina para pedirnos perdón. También me dijo que la misma invitación se la habían hecho a otro sobreviviente y este ya había dicho que sí, que viajaría para que el Papa le pida perdón. Yo ni lo pensé, y también le dije que sí, pensé en ir y llevar todas nuestras causas, que en ese momento eran pocas, para que el Sumo Pontífice se enterara y pudiera hacer algo.

Ya en ese tiempo nos estábamos organizando como Red, por lo que cuando conté sobre la invitación, automáticamente todos mis compañeros me dijeron que no. Por suerte, dentro de la Red ya estaba el doctor Carlos Lombardi y la psicóloga Liliana Rodríguez, además de mamás y sobrevivientes, que hace muchos años que vienen luchando. Todos habían querido llegar a Bergoglio cuando era cardenal en Buenos Aires, todos le escribieron, pidieron audiencias con él y él jamás atendió a ninguna víctima.

Entonces, fue así como comprendí que lo único que harían conmigo era sacarse fotos y publicarlas con un título que diga ‘El papa Francisco pidió perdón a las víctimas de Argentina’, y mientras tanto las monjas y los curas que abusaron de nosotros seguirían en contacto con niños, que es lo que más nos preocupa.

Así es que, mail de por medio, le dije a la persona que intercedió entre nosotros y el embajador en Roma que no viajaría y le explique por qué”.

Abuso de poder. Es el sistema. Los más críticos no consideran que los abusos del clero sean causados por el celibato, ni por la homosexualidad, como se ha dicho. El problema es que ante esta clase de sucesos los engranajes de la Iglesia se mueven para encubrirlo, incluso más allá de los discursos de los diferentes papas. La Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina tiene una postura clara.

Sobre la base de los diferentes casos tratados, la psicóloga platense Liliana Rodríguez, miembro fundacional de la misma, coincidió con quienes sostienen que los que cometen ese delito dentro de la Iglesia tienen características comunes con aquellos que tienen otro tipo de profesión: “Todo lo que es la manipulación afectiva, el modo de acercamiento, el generar complicidad, convocar al secreto, amenazar sin que sea tan explícito. Todo eso está. Lo que le agrega un plus sumamente importante es que esto, además, está respaldado por la complicidad de toda una institución. Así como un cura abusador no abusa con seguridad una sola vez, no abusa en un solo lugar, no hay un solo cómplice, hay muchísimos responsables”.

Por eso, Rodríguez prefiere hablar de “plan sistemático”, en una clara analogía con lo que ocurrió en Argentina durante la última dictadura militar, la cual implementó un programa, sobre la base de la doctrina francesa de la contrarrevolución, que iba desde el exterminio de la guerrilla pasando por el robo de bienes de los detenidos-desaparecidos hasta la apropiación de bebés: “Realmente, tiene algunos visos de lo que hemos conocido como plan sistemático en el genocidio que atravesamos, en cuando a los modos de operar.

Puntualmente, en cómo garantizar la impunidad, porque en realidad el objetivo final es garantizar la impunidad a partir de destrozar la vida de generaciones de niños y niñas. Acá estamos hablando de treinta, cuarenta, cincuenta años de abusos sistemáticos sobre niños y niñas. Entonces, estamos hablando de destrozar la vida de niños y niñas durante generaciones”.   A su vez, una de las particularidades de Rodríguez es que es quizá la primera persona con la que hablan los sobrevivientes que se acercan a la Red. Por su disciplina, acostumbra a iniciar un tratamiento que, generalmente, continuará otro profesional.

“Es muy conmocionante –admitió– presenciar el encuentro de sobrevivientes de abuso eclesiástico adultos. Es como que se abrazan y se encuentran aquellos niños lastimados; y a partir de que comienzan a hablar, empiezan a avanzar y ser adultos, pero como que el primer encuentro es conmovedor, porque es como que se encuentran desde aquellos niños lastimados”. A raíz de esta circunstancia, Liliana tiene información al alcance de la mano sobre numerosos casos, lo que le permite trazar paralelismos: “Normalmente, les resulta impensable que el representante de la Iglesia les haga eso, es por eso que en muchos relatos una escucha: ‘Para mí, era como Dios’. Esto también dentro de ese saber instalado. Es el representante de Dios en la Tierra, entonces cómo puede ser que ese representante de Dios en la Tierra, que ha hecho tantos votos y que es al que las personas le confiesan los llamados pecados, sus peores mochilas, es el que comete semejante delito”.

En cuanto a las consecuencias que padecen las víctimas, aseguró que mayormente se presta atención a las físicas, sin percibir que las lesiones más graves son en el plano psicológico, cuya profundidad es muy difícil de mensurar, lo que, a su entender, se agrava aún más cuando ese abuso es cometido por un representante de la Iglesia. Deja consecuencias en distintas esferas, tanto las relacionadas con sintomatología física, como depresiones, muchas dificultades para decir que no, para poner límites, porque tiene que ver con el poder que se ejerció sobre esas personas, dificultades en la sexualidad, dificultades con su cuerpo, con exhibir su cuerpo, tanto sea no exhibir como exhibir en demasía, y también toda una cuestión que genera lo que es el secreto, que tiene que ver con tener algo para sí mismos muy doloroso, porque produce un dolor psíquico enorme y que es muy difícil de compartir.

Esto lleva a un gran aislamiento: “Para quienes están cerca, para sus vínculos, para su gente cercana, no es tan fácil darse cuenta. Entonces, por ahí se puede entender como que son agresivos, que tienen dificultades para relacionarse, pero tiene que ver con esto que portan a veces sabiendo y otras veces no sabiendo que lo tienen”.

La voz del clero. Sergio Osvaldo Buenanueva, obispo de San Francisco, Córdoba, tal vez sea, dentro de la jerarquía católica argentina, uno de los pocos que se atreve a usar los conceptos que ha acuñado la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina. A no confundirse: Buenanueva no es rupturista, pero sí uno de los más autocríticos, al punto de dejar entrever las enormes diferencias que coexisten en la institución a la hora de avanzar a fondo.

Didácticamente, podría decirse que en un polo se encuentran figuras como la de Héctor Aguer, mientras que en el opuesto está Buenanueva. El ex obispo de La Plata representa el statu quo que primó por décadas en la Iglesia argentina, el cual hacia afuera reconoce a regañadientes los abusos, pero en los hechos no avanza en nada.

—Cuando alguien lee las observaciones de la Comisión de los Derechos del Niño, se habla de una dinámica institucional….

SB: Es así. El abuso  es posible porque hay un sistema enfermo abusivo, que hace posible que las personas vulnerables no sean cuidadas y que los agresores obren con zona liberada. Nosotros hemos adoptado una definición: el abuso sexual es básicamente una forma de abuso de poder. La Iglesia es un sistema de poder, que se veía, por ejemplo, cuando mandábamos los curas a otro lugar. Me decía un obispo de otro país sobre un caso muy conocido, que al cura abusador le tenían miedo todos en el pueblo sin importar la investidura. El sentirme poderoso me hace sentir impune e inmune, lo que me permite todo, desde seducir a las personas, manipularlas y hasta abusar sexualmente de ellas.

La Iglesia tiene cerca de 15 fundadores de nuevas congregaciones acusados y condenados por este tipo de cosas. Es decir, gente con un gran carisma que reunió en torno suyo a mucha gente. Marcial Maciel Degollado es el caso paradigmático, a tal punto que era considerado un santo, para muchos era como estar al lado de Jesucristo. En ese contexto en que la figura de autoridad es exaltada a ese nivel, que llegue a un abuso sexual es un paso más. Eso toca la esencia de la Iglesia, que es comunidad, el poder de servicio, aquello que leemos en el Evangelio.

El abuso sexual de los clérigos es la punta del ovillo, y si vos empezás a tirar salen estas problemáticas que nos están cuestionando mucho, por eso la crisis de los abusos, que en Argentina está recién comenzando, es una problemática bastante compleja.

* Por Julián Maradeo Autor de La Trama detrás de los abusos y delitos sexuales en la Iglesia Católica.