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Miércoles 24 de julio de 2019
Conocé la fabulosa chacra de Pancho Dotto en Entre Ríos
ChacraPanchoDotto

Nací muy cerca de acá, en Paraná, y hace un tiempo que estoy en un camino importante de encuentro conmigo mismo", dice Francisco Dotto (63) en la intimidad de "El Refugio", la chacra de cuatro hectáreas en Libertador San Martín.

"Mi historia es la de un chico del interior que, como Marcelo Tinelli o Palito Ortega, llegó a Buenos Aires para buscarse la vida y que con algo de visión y mucho trabajo, logró ser el mejor", continúa Pancho, el manager detrás de esa gran liga de mannequins integrada por Valeria Mazza, Inés Rivero, Daniela Urzi y Dolores Barreiro que en los explosivos 90 llegaron a lo más alto de la moda local e internacional.

"Yo me podría haber muerto de un infarto tranquilamente. Pasé años y años trabajando con un nivel de locura y de estrés muy alto. Siempre fui exigente y nunca competí con nadie más que conmigo mismo. Quería ser el número uno, saqué muchas carreras adelante y pagué con mi salud y mi bienestar", reflexiona el representante, tan famoso como las modelos que descubrió, y pone la mirada en ese horizonte entrerriano que, hoy, lo devuelve a su eje.

"Este lugar es mágico y representa mi presente y mi futuro de paz. Antes, yo estaba en todos lados en simultáneo y mis amigos me decían: 'Pará, Pancho, pará', pero no podía. Ahora, en cambio, estoy hablando con vos y me siento presente. Me gusta este ritmo nuevo", explica mientras se prepara para conversar con ¡Hola! Argentina.

-¿Cómo llegaste a esta chacra?

-Hace quince años, en una de mis varias internaciones en el centro adventista Vida Sana. Todos los días salíamos a caminar temprano a la mañana y yo ya estaba con la idea de comprarme unas hectáreas. Quería algo campero pero cerca del pueblo y apareció este lugar. En el cruce entre el camino rural y la ruta a Libertador San Martín, vi una arboleda y le dije a Carolina [Gimbutas, su novia de aquel entonces]: "Vamos a ver aquello". Llegamos y fue amor a primera vista: me fascinaron el rancho y el monte con árboles de más de cien años. Esa misma tarde, un broker inmobiliario me mostró por casualidad el mismo lugar y conocí al dueño, un abuelito que había vivido treinta y ocho años acá con su mujer. Sus hijos querían llevarlo al pueblo, pero él no estaba seguro. Lo esperé y cuando se decidió a vender, compré la chacra y enseguida arranqué la remodelación.

-¿En qué te concentraste a la hora de hacer tuyo este lugar?

-Cuando yo era chico, íbamos al campo de tío Adolfo en Bahía Blanca. Él tenía un casco antiguo, muy lindo, que fue la inspiración de esta casa. Si tuviera que describirla, diría que es un pequeño casco de chacra de los años 30. Como en aquella época, tiene una galería con columnas de hierro, que mandé hacer especialmente, y una cenefa flor de lis, que siempre me gustó. Hice los baños a nuevo y cuando pelé las paredes de los cuartos y encontré ladrillos montados en barro me volví loco. Generan un impacto visual tremendo.

-Sin duda, le pusiste mucho esfuerzo a la decoración.

-Sí. Quería que todo fuera armónico. El año que duró la obra me dediqué a buscar todos los muebles y objetos que ves ahora. Compré las alacenas de la cocina, los aparadores que después convertí en muebles de baño, los carteles antiguos, los sifones y todo lo que tuviera una onda bien campera. Por ese entonces, había un lugar frente al Mercado de Pulgas, Estilo Campo, que tenía muebles originales que hoy no se consiguen más. Les pedí prestadas un montón de cosas para el casamiento de mi hermana [Mónica (60) se casó por primera vez a sus 50 en el Campo Argentino de Polo y Pancho fue su wedding planner] y después traje todo para acá. Igual, todavía le falta un montón a la decoración. Siempre digo que debería instalarme un mes como mínimo para redondear conceptos. Mi próximo objetivo, de hecho, es armar una buena colección de mates y cuchillos.

-Hace poco inauguraste el anexo, que tiene dos cuartos, dos baños, y un estar muy poco convencional.

-Sí. La segunda obra arrancó dos o tres años atrás. Dejé de ir a Punta del Este en el verano y como hacía mucho calor, mandé hacer la pileta, la glorieta, y una casita para invitados con ese living que llamo "El Cubo" y que está revestido en pino tea. El problema es que a mis amigos de Buenos Aires les cuesta venir por el fin de semana, así que estoy pensando en alquilarlo para casamientos. [Se ríe].

-Es la segunda vez que mencionás la palabra "casamiento".

-Sabés que siempre soñé con casarme al mediodía, en el medio del campo. Es un deseo que tengo desde los 20 años.

-¿Qué te impidió concretarlo?

-Sentía que no tenía tiempo, que no podía parar, que tenía que sostener el tren de trabajo. [Suspira]. Viéndolo en retrospectiva, tenía miedo de soltar. Si yo hubiera sido una persona normal, que trabaja ocho horas por día y después se desconecta, podría haberme casado y hoy tendría chicos. El tema es que yo me iba a dormir pensando en las cosas que no había hecho. Mi locura era tal que me despertaba en la mitad de la noche para anotar cosas. Vivía enajenado y, si bien estuve internando varias veces por estrés, no trataba de cambiar mi vida: venía a tomar impulso, a salir eyectado hacia la enfermedad de vuelta.

-En estos últimos años, ¿cuál fue tu aprendizaje más importante?

-Aprendí que la obsesión es una enfermedad. Llegué a ser el número uno en lo mío, pero en la vida fui un queso. En pos de ser el mejor, dejé de jugar al tenis, que era una pasión, abandoné a mis amigos y a mi madre [Teresita murió en enero de 2016. Vivió los últimos nueve años de su vida con Pancho en su casa de San Fernando] durante muchos años, no me casé, no tuve hijos. Postergué lo más importante, que son los afectos.

-¿Sentís remordimiento?

-¿Te miento o te digo la verdad? Porque, en general, la gente dice que se siente bárbaro a esta edad y es mentira. A cualquier tipo de 60 le gustaría tener veinte años menos y daría toda la plata del mundo por volver a tener 40. De todas formas, mi problema no es ese: lo que más bronca me da es no haber recibido lo que merecía a cambio. Y no estoy hablando de plata. Hablo del egoísmo de un par de modelos a las que hice muy pero muy famosas, que hoy no lo reconocen. En las notas, varias se "olvidan" que las descubrí yo, dicen que empezaron a trabajar en Estados Unidos o no sé dónde, pero yo tengo habitaciones llenas de revistas con la historia de Fulanita o de Menganita, donde dicen "le debo todo a Pancho".

-¿Qué hacés para mitigar la frustración?

-[Piensa]. "El Refugio" es fuente de una gran satisfacción. Me encanta decorar, encarar una obra desde cero y llegar a concretar lo que soñé. Disfruté muchísimo dándole forma a este lugar.

-¿Cómo te gustaría que fuera tu vida de aquí en más?

-Sueño con despertarme y buscar huevos en el gallinero, jugar con Lennon e ir a ver a Federico, que es el sobrino de mis caseros, Bruno y "Tate", hacer sus destrezas "de a caballo" en el potrero de al lado. Es el hijo, o mejor dicho, el nieto que nunca tuve.

-¿Te ves acompañado por alguien?

-Me encantaría enamorarme, pero lo veo difícil. Debería encontrar una mujer que haya tenido una vida similar a la mía, que es raro, o una mujer de la zona a la que le divierta irse unos días a Punta del Este, hacer algún que otro viaje, pero que no quiera irse de acá. Por ahora, estoy enfocado en recuperar mi salud en un ciento por ciento y celebrar que estoy vivo, que no es poca cosa.