| Entre Ríos EN LOS MEDIOS NACIONALES |
Domingo 15 de marzo de 2020
La historia de una víctima que anticipó su muerte y el Estado falló en evitarla (femicidio en Entre Ríos)
FatimaAmiga

A M. ya nadie la despierta. Nadie le dice "gorda, levantate que está el mate". Cuando logra pararse, apaga las luces que habían quedado prendidas. De noche las deja así para dormir sin miedo, o con un poco menos. Las dos camas de su habitación siguen pegadas formando una más grande. Pero M. ahora está sola y la rutina que había armado con Florencia, su amiga y compañera de cuarto en una casa para mujeres víctimas de violencia, no existe. M. supo que la convivencia había terminado el domingo 8 de marzo cuando su amiga Fátima Florencia Belén Acevedo apareció asesinada en un pozo de aljibe, en las afueras de Paraná, Entre Ríos. Jorge Nicolás Martínez, su expareja y padre de su hijo, la había matado. Primero la asfixió. Después la tiró, como basura. Lo hizo el domingo 1 de marzo pero el cuerpo fue encontrado una semana después, en el Día Internacional de la Mujer. Entonces era el sexto femicidio en un mes que apenas llevaba ocho días.

"Teníamos cuatro años de diferencia. Yo, 29 y ella, 25. Con Flo nos considerábamos hermanas", dice M. Hace unos minutos salió de la habitación que compartían y dejó atrás el refugio para víctimas. Ahora, parada en el centro histórico de Paraná, mezcla presente y pasado al hablar de Florencia: "En la Casa de la Mujer tenemos un rincón especial donde tomamos mate. Todas las mañanas empezábamos el día ahí. Hoy ver ese rincón es un dolor muy grande porque no tengo a mi amiga".

A su espalda está la sede del Poder Judicial y alrededor hay más de 200 mujeres. Son jóvenes, grandes, militantes, apolíticas, celestes y verdes. En sus manos llevan velas encendidas y carteles con la foto de Florencia y otras víctimas de femicidios. En la Argentina, según datos del Observatorio "Ahora que sí nos ven", un hombre mata a una mujer por día.

M. es una más en una marcha en la que todas piden seguir vivas y exigen Justicia, pero a ella por razones de seguridad no se la puede fotografiar ni identificar.

El domingo, cuando se informó que Florencia había sido encontrada muerta, muchas de las mujeres que ahora están llegando solas o en grupo hicieron vigilia en la puerta de los Tribunales. Al día siguiente fueron miles en una concentración que movilizó a Paraná. Había dos antecedentes con tal impacto social: el femicidio de Micaela García, violada y asesinada en Gualeguay por un hombre al que un juez le había anticipado la libertad, y la desaparición de Fernanda Aguirre, que también ocurrió en la capital de Entre Ríos.

Para M. la ausencia de Florencia se hace evidente todo el tiempo. Es un vacío físico -un lado de la cama hueco, un mate que ya no comparte, los cajones sin ropa- pero también un recordatorio con formas impredecibles: suspender el turno que habían fijado en un local de tatuajes.

"Nos íbamos a hacer el símbolo del amor en lenguaje de señas (la mano hecha puño con el pulgar, el índice y el menique extendidos) y poner nuestros nombres. Yo el de ella y ella el mío. Todo, en el brazo. El turno era el viernes 6 pero Martínez la mató".

Ellas compartieron un mes en la Casa de la Mujer, pero se conocían de antes y como otras miles de mujeres argentinas tenían una historia de padecimiento de violencia de género en común. Sus exnovios no podían acercárseles y las dos salían a la calle con un botón antipánico. No es un dispositivo físico, sino una aplicación de celular que depende de una conexión de Internet para funcionar. En una situación de peligro, no importa cuántas veces la mujer pulse la pantalla, sin datos móviles o wifi, el alerta no llega.

Por esas limitaciones en los instrumentos para proteger a la mujer, por pensar que lo único que hay "son parches" o que "todo falló y el Estado es responsable" las mujeres se manifestaron. Gisela González, compañera de secundaria de Florencia, también se movilizó y dice: "Jamás pensé vivirlo tan de cerca. Si bien la Argentina se ha puesto fea en casos de femicidio no creí que iba a llegar a sufrir en carne propia lo que es perder una amiga". Se queda pensando y sigue: "Duele no ser escuchadas porque todo el mundo te dice 'andá y hacé la denuncia', pero vos hacés la denuncia y nadie te escucha. Y eso duele y da miedo".

Gisela se refiere a los audios de Florencia desesperada. ?Ya estoy podrida de denunciarlo (a Martínez) en la Policía y que nadie haga nada, ni la Policía ni el Juzgado ni nadie", se la escucha. En varios mensajes incluso había anticipado su femicidio: "Puede ser que cuando termine muerta por culpa de él, la Policía y el Juzgado y toda la mierda que tienen que hacer algo puedan hacer algo. Pero, bueno, mientras tanto tendremos que seguir pagando las consecuencias con el gordo". El gordo es el hijo en común de tres años.

Los audios los había enviado Florencia a otra amiga, Florencia López, el 15 de noviembre. Gisela, Florencia López y la víctima Fátima Florencia Acevedo habían sido compañeras de secundaria en la Escuela de Educación Técnica N° 21 Don José de San Martín. De esa época, Gisela la recuerda alegre, divertida y espontánea. Pero en los últimos años era distinto: "La vi muchas veces golpeada. La cara, los brazos, la nariz reventada. Muchas veces".

A su lado, Milagros Segovia, empleada del Hospital San Martín de Paraná, donde el asesino de Florencia trabajaba, también recuerda escenas extremas. "La vi caminando por un pasillo de la guardia como zombie, completamente dopada y me asusté mucho. Lo miré a él y él atrás, saludándome: 'hola, Mili'. Él siempre como si nada". Hasta ese momento, Milagros desconocía la violencia física, psicológica y sexual que Nicolás Martínez ejercía sobre Florencia. Sólo sabía que se lo acusaba de robar un auto de la guardia y a médicos.

Tanto Gisela, como Milagros, como Florencia López hablan de Florencia. Ante los micrófonos a veces se autocorrigen y dicen Fátima. Ese nombre se impuso en boca de funcionarios y en medios de comunicación. La denominación es correcta (era su primer nombre) pero no es la manera en la que la llamaban sus amigos o ella misma, que se presentaba: Florencia Acevedo, "Flo" o "La Rusa".

Son las ocho de la noche y en la marcha todos esperan a Florencia López. Ella organizó cada uno de los encuentros. Ella dio a conocer los audios. Lo hizo porque sentía que no buscaban a su amiga. La vio por última vez el 21 de febrero, en los corsos de Paraná. Florencia estaba con su hijo y sólo se saludaron. La conversación más profunda había sido días antes en una plaza. Florencia ya estaba viviendo en la Casa de la Mujer.

"La vi mal. Desesperada. Me pedía que por favor la ayudara a encontrar un trabajo", dice. El domingo 1 de marzo, el día de la desaparición, ella y otro amigo le mandaron mensajes. Le avisaban que le habían conseguido un trabajo de ayudante de cocina en un restaurante de Paraná. "Fue leído a las 23.43 de ese domingo. Leído suponemos que por él, pero ahí no sabíamos".

A la mañana siguiente, cuando Florencia López despertó, tenía un mensaje de una conocida. Decía: "Pobrecita Flo, ¿qué le habrá pasado?" y adjuntaba una foto con la cara de su amiga y la búsqueda. "Lo vi y pensé: 'atrás de esto está Nicolás'. No dudé. No había otra posibilidad. Flo sufría mucho, pero jamás dejaba a su hijo".

Al principio esperó a que la llamaran a declarar y después ya no esperó más. Compartió los audios que reflejaban el sufrimiento de Florencia. Ella la acompañó en todo momento. Sabía del embarazo que su amiga había perdido por los golpes de su expareja. Estaba al tanto de cada uno de los intentos de separarse en los que él aparecía, se subía al techo de la piecita que Florencia alquilara y le cortaba la luz a ella y al resto de los vecinos, y así generaba que la echaran.

"En una época en la que vivió con su tía abuela, él se llevó al nene. Me acuerdo cómo me llamó angustiadísima por no saber dónde estaba. Pasó un día, pasaron dos, pasaron tres, hasta que actuó el COPNAF (Consejo Provincial del Niño, el Adolescente y la Familia). A todo esto se decía que él andaba borracho en la moto con el nene".

Las denuncias de Florencia Acevedo contra Nicolás Martínez se remontan a 2018. Un año antes, él la denunció a ella. Esos registros están en el Juzgado de Familia N° 1 de Paraná, que todavía no dio explicaciones sobre su actuación. Después todo pasó al fuero penal, a la Unidad Fiscal de Violencia de Género y Abuso Sexual.

El 4 de febrero de este año, mientras vivían en una casilla de chapa, él la amenazó con tirarle ácido en la cara. Después se puso a afilar una cuchilla. Afilaba y la miraba. Una y otra vez. Ese mismo día Florencia pudo denunciarlo y la trasladaron a la Casa de la Mujer. Horas más tarde, ya el 5 de febrero, la Justicia prohibió a Martínez acercarse a cualquier lugar donde estuviera Florencia y protagonizar actos violentos, molestos y o perturbadores a ella o a su grupo familiar. Todo, por el plazo de tres meses.

Pero diez días después, Florencia lo vio en la esquina de la Casa de la Mujer. Era viernes e hizo la denuncia el lunes siguiente. A raíz de eso le dieron el botón antipánico.

A la mañana del domingo 1 de marzo, Florencia salió de la Casa de la Mujer. Le dijo a la encargada que haría unos trámites. Y ya no volvió.

Según reconstruyó la Justicia, llegó a la casa de Martínez en un remis. "Ellos tenían un hijo de tres años que en ese momento estaba con él pero después al nene lo saca de ahí una tía paterna", describió Cecilia Goyeneche, Procuradora General Adjunta.

Recién el martes 3 de marzo, cuando se dio aviso a la Fiscalía, empezó la búsqueda. Ese día se detuvo a Nicolás Martínez. Fueron varios los motivos: las múltiples denuncias previas, una antena de celular que indicaba que Florencia había estado el domingo al mediodía en la zona donde está la casilla y un informe del Banco de Entre Ríos que alertaba que él había metido una tarjeta que pertenecía a Florencia en un cajero.

Además, al peritar el celular de Martínez, encontraron que había buscado casas velatorias y había escrito una serie de mensajes para simular que ella se había ido. Pero él la había matado. La Procuradora General Adjunta especificó: "La asesinó el domingo 1 -el mismo día de la desaparición- entre las cuatro y las seis de la tarde en forma aproximada".

Hoy Irene Molinare agradece que su hija no terminó muerta. "Sufrió golpes, secuestros, persecución y acoso. ¡Dos dientes a puñete le sacó este asesino!", dice sobre su exyerno. Cuando supo del femicidio de Florencia Acevedo salió a la calle. Antes, durante la semana que demoró la búsqueda, acompañó a su hija que se presentó espontáneamente en los Tribunales de Paraná.

El padecimiento de una y otra mujer parece una copia: "Una piña en el ojo, los dedos marcados en el cuello y estar sin dientes son señales visibles. Pero a mi hija nunca le creyeron, como tampoco lo hicieron con esta chica". 

"Martínez tenía restricción de acercamiento. Jamás la respetó. Las causas además se caratulaban mal: por cuota alimentaria y no por los golpes que le daba. Mi hija iba marcada por la violencia y sus amigos en Tribunales lo atendían como un señor. Le decían: 'Pasá Nicolás'. En Paraná era el rey golpeador".

Irene especula que la razón puede ser doble. Por un lado, alguna suerte de complicidad porque Martínez tendría información que los comprometía -plata seguro no era, porque no tenía, dice-. Por otro, un apoyo machista a ese tipo de trato violento hacia la mujer.

El límite llegó cuando Nicolás Martínez quiso ahorcar a su hija. Viendo que nadie escuchaba, Irene la ayudó a instalarse al sur del país. Hasta ahí él la rastreó y la fue a buscar. "Como era impune, mi hija prefería decirle que sí y volvió. Ella sentía que si no lo hacía la mataba y tenía terror de que le sacara a mi nieta". La nena desde hace años se niega a ver a su padre.


Según el informe preliminar de la autopsia hecha al cuerpo de Florencia Acevedo, Martínez la mató estrangulándola con las manos y sofocándola contra alguna superficie. La misma mecánica que ya había intentado en el cuello de la hija de Irene.

"Nosotros queremos Justicia por Fátima Florencia porque podría haber sido mi hija y mañana puede ser una amiga, vecina, yo o cualquier otra mujer de Paraná", dice. "Estamos esperando una sentencia ejemplificadora para que mi hija pueda vivir en libertad, sin estar mirando hacia atrás y hacia los costados cuando sale de su casa, camina por la calle o por los pasillos de su trabajo".

Martínez sigue preso imputado por secuestro coactivo, delito que le habían asignado cuando todavía no había aparecido el cuerpo. "Esta semana se lo va a indagar con la imputación nueva: homicidio calificado por el vínculo y femicidio", adelantó la Procuradora General Adjunta.

En los últimos días pidió ver a su hijo menor. El Juzgado de Familia se lo negó. Recién con Florencia asesinada la Justicia le prohibió acercarse al nene. Cuando ella vivía y la fiscalía dispuso la restricción, no la extendió a su hijo. El juzgado de Familia tampoco se ocupó del tema. Quedaba en ellos organizar las visitas.

"Si no se regula cómo, cuándo y con quién se coordina el derecho de comunicación del padre con el chico, ¿quién lo hace? ¿Lo arreglan entre ellos? ¿Si hay una restricción de acercamiento y no se pueden comunicar, cómo hacen?", se pregunta Natalia Gherardi, abogada y Directora Ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género.

Para responder, primero contextualiza: "La Justicia muchas veces no prohíbe el acercamiento a los chicos porque el principio que aplica es que el hombre puede ser violento con la mujer pero que, si no lo es con el hijo, no debe obstruirse su derecho de mantener contacto. Pero depende cuál sea la violencia, es difícil pensar que los nenes no están ajenos a la violencia que sufre la madre, sobre todo cuando son chiquitos". Por otro lado, "si la mujer no pide que las visitas se regulen, la Justicia muchas veces no se mete. Pero la mujer puede no saber qué pedir".

"En un contexto de violencia, que la mujer tenga que coordinar la comunicación entre el violento y su hijo no está libre de consecuencias problemáticas para ella, aún cuando no sea el femicidio el resultado", observa. Y eso se traduce en una falta de acompañamiento del Estado.

Además, en estos casos, la Justicia puede ser muy disímil en lo que cree que pueden ofrecer. Hay juzgados proactivos, que se involucran y dictan medidas integrales e innovadoras, y otros en los que si la mujer no pide de manera exacta lo que precisa no mueven un dedo por fuera de eso. Pero Gherardi resalta: "La mujer no es la que debe saber".

En Paraná, la Unidad Fiscal de Violencia de Género existe desde 2014 y hay subsecretaria de Mujer, Género y Diversidad desde hace cuatro meses. Su titular, Cristina Ingleson, dijo que Florencia Acevedo contó con las medidas judiciales de protección y que cuando se constató que no había vuelto a la Casa de la Mujer se activaron de inmediato los protocolos. Pero Florencia Acevedo está enterrada en el cementerio "Solar del Río" y su hijo de tres años institucionalizado. A Florencia López le tocó decirle que su mamá no iba a volver.

"Si las instituciones no pueden mirarse críticamente hacia adentro cuando no lograron satisfacer la protección, es difícil. Es cierto que se pueden cumplir todos los protocolos y aún así fallar, pero esos casos tienen que servir de aprendizaje", plantea Gherardi. Y sigue: "La mujer fue asesinada y eso es irremediable. ¿Qué va a aprender la institucionalidad de Paraná sobre esto?".

Las mujeres peregrinan por el centro de Paraná en nombre de Florencia. Levantan carteles, prenden velas y exigen a los funcionarios respuestas. Piden renuncias. Lo hacen entre amigas, con sus madres, con sus hijos. Muchos son chicos que juegan tocando cada cartel con la foto de una mujer asesinada y preguntando quién es, quién es, quién es.

Las amigas de Florencia la piensan. La lloran. M. se aferra a un autito de juguete del hijo de "Flo". Es el único objeto que quedó en la habitación que compartían en la Casa de la Mujer. Ella también es una víctima y en el vacío de esa pieza se le vuelve tangible las consecuencias de la violencia de un hombre hacia una mujer. Tiene miedo pero marcha. Quizás sepa que sola es más difícil demandarle al Estado que cumpla con sus obligaciones. Quizás sienta que la contención y el cambió están en esa red de mujeres que la rodea. Una unión para que por día ya no haya una mujer menos y un féretro más.