Opiniones
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Domingo 24 de marzo de 2019
Escribe: Miguel Wiñazky (*): Mentime que me gusta: del changarín a Guillermo Moreno

Hay un punto en común entre el nuevo hit del demócrata Guillermo Moreno: “No canten” y la historia del changarín mentiroso de Nogoyá. Lo resumió el propio Moreno explícitamente: “La verdad no importa”. El razonamiento puede invertirse de manera inquietante. En cambio, la mentira sí importa.

En una sociedad tan acostumbrada a la irrealidad las farsas funcionan, influyen, proporcionan visibilidad y construyen poder. Los que saben mentir bien pueden tener devotos a granel cosechados entre los innumerables ansiosos por satisfacer su credulidad y disfrutar del jardín de las delicias de las ficciones argentinas.

El changarín entrerriano inventó una historia de decencia milagrosa. Como se sabe, aseguró que encontró un maletín con 500 mil dólares. Que lo devolvió. Y que no aceptó una recompensa de un millón de pesos después. La fábula terminó sin cándida moraleja. Confesó, cercado por el fiscal, que todo era falso. Generó simpatías por su inventiva, por su llanto a posteriori, por su condición social marginal.

Pero sedujo ilusoriamente como tantos otros, inventando lo que no sucedió. Mentime que me gusta.

El changarín leyó bien la clave del social masoquismo nacional. Ese jueguito del engaño es el lema tácito de millones.

El imperativo del silencio mafioso morenista parece haber fracasado. Efectivamente, como él mismo lamenta, “los compañeros están cantando”. Víctor Manzanares, antiguo Kumpa tan confiable, describió visiones dantescas, en el sentido literal del término dantesco. Apenas muerto Néstor Kirchner los deudos aguardaban con indisimulada ansiedad la llegada de Daniel Muñoz que tenía en su poder las llaves de los reinos de los tesoros choreados. El duelo por el caudillo fallecido se esfumaba en la dicha por el dinero que seguía a buen resguardo de la banda.

Todo es curioso y no lo es tanto. En el infierno del Dante los avaros comparten el escarmiento con los pródigos. La avaricia merece el castigo eterno, pero la prodigalidad irresponsable y con dinero ajeno también es un pecado mortal. El distribucionismo burdo y con papel pintado es robo.

Mauricio Macri, se anotó en el festival psíquico y semiótico argentino . Vociferó: (sic) “¡Estoy caliente!” “Siempre me calentó la mentira”.

Está en problemas. No es fácil comunicar credibilidad con el mero empuje del entusiasmo enunciativo. En principio la sociedad no termina de constatar que él dice la verdad cuando profetiza la baja de la inflación a futuro. Porque hasta ahora no baja. Tampoco la pobreza, tampoco la desocupación. ¿Cuántos le creen? Lo sabremos en octubre. Por ahora todas las encuestas son conjeturales.

La Argentina es tan productiva en vaticinadores como en realidades que refutan la mayor parte de los vaticinios.

Los más crédulos son los más fanáticos de los dos polos que componen el circo romano de los combates políticos. No hay evidencia que consiga permear la armadura de sus respectivos dogmatismos y espejismos devocionales.

La alucinación al poder. Eso es lo que vale para ellos. No se discute ni se debe criticar al que los narcotiza mejor con las píldoras de Murti Bing, unas pastillitas que brotaron de la imaginación de Czeslaw Milosz, un gran escritor polaco y Premio Nobel de literatura de 1980. Para burlarse de los intelectuales estalinistas que defendían al monstruo que los atormentaba y al que idolatraban escribió en 1953 un texto ejemplar: “El Pensamiento Cautivo”. Un solo párrafo dice muchísimo. “El hecho de tomar las píldoras de Murti Bing satisface un impulso verdaderamente intenso: la necesidad de creer y de eliminar incertezas, de tener una convicción que lo explique todo, aunque el precio de ésto sea la cautividad mental y el aniquilamiento del pensamiento libre”.

Hay un espacio que emana datos sin embargo incontrastables: la calle.

Cualquiera que tome un tren en la Argentina observa la larga romería de mendicantes, de heridos por la malaria económica que venden lo que pueden, que exhiben en carne viva la pobreza y que la luchan así, pidiendo u ofreciendo chucherías para ganar muy poco, o casi nada, o tal vez para servir a mafias de miserables que los explotan. Los pasajeros, ayudan a uno, a dos, a tres...y en un momento a todos se les acaban ya las monedas o la atención en los que piden, y el desfile de la inclemencia se vuelve casi invisible por su cruel normalidad, ese flujo de desgracia que no cesa. También están las marchas; múltiples, cotidianas, pero hasta ahora más bien pacíficas, en general.

En Francia que es un país rico, hay chalecos amarillos que rompen todo. Acá, donde transitamos la malaria interminable, hay cortes, demoras letales y desmoralizantes y escaramuzas varias, pero no vandalismo a gran escala. Al menos por ahora, aunque, obvio, no sabemos ni siquiera lo que puede suceder mañana.

La violencia es lateral y no por ello menor y se plasma en la inseguridad que no se va, aunque descendería lentamente según datos oficiales. Si algo cambia no se nota todavía. Todo es lento y es incierto.

Para la justificada impaciencia colectiva todo es una eternidad.

(*) Periodista de Clarín.