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Domingo 24 de febrero de 2019
Gualeguay: historia, naturaleza y Carnaval en el sur entrerriano
TrenGualeguay

Gualeguay presenta sus mejores cartas a la distancia, desde el fondo de su propia historia, un rasgo distintivo que se detecta incluso mucho antes de ser visitada. Aquí nacieron destacadas personalidades -cuyo prestigio trascendió largamente el ámbito local- y, por tal razón, la ciudad adoptó el envidiable mote de “Capital de la cultura de Entre Ríos”.

Puede que varios de esos próceres gualeyos -como los poetas Juan L. Ortiz, Carlos Matronardi y Amaro Villanueva, los escritores Emma Barrandeguy, Juan José Manauta y Alfredo Veirave, los artistas plásticos Cesáreo Bernaldo de Quirós y Antonio Castro, el antropólogo e historiador Juan Bautista Ambrosetti y el payador Adolfo Cosso- hayan llegado a este mundo y salido al ruedo impulsados por un talento innato. Pero también contaron con un marco favorable: el entorno natural, de verdes y azules intensos que se funden en una atmósfera envuelta en tanquilidad y largos silencios, un cuadro inspirador para cualquier veta creativa.

De la original selva montielera que Tomás de Rocamora desmontó sin miramientos -urgido por una orden del virrey Vértiz- para fundar Villa de San Antoniode Gualeguay Grande en 1783 quedan vestigios, diseminados en el horizonte de las lomadas entrerrianas. Pero el río Gualeguay y el arroyo Clé nunca dejaron de aportar la vitalidad de sus aguas para dar nuevas pinceladas al paisaje cambiante.

La figura omnipresente del general Urquiza en cada rincón de Entre Ríos se revela aquí en la pequeña historia que arrastra una copa de mármol de Carrara exhibida en la plaza principal, a metros de la calle San Antonio. Esa valiosa pieza que formaba parte del mobiliario del Palacio San José fue donada a la ciudad por el ex gobernador de la provincia y presidente de la Confederación Argentina entre 1854 y 1860. Fue una amable devolución de gentileza realizada en 1851, una vez que el pueblo de Gualeguay adhirió masivamente a la causa del Pronunciamiento de Urquiza contra Juan Manuel de Rosas, que ostentaba la suma del poder público en la provincia de Buenos Aires.

La predilección por las obras de arte en esta ciudad se empieza a vislumbrar en el diseño simétrico de las cuatro manzanas que ocupa la plaza Constitución. Las trazas rectas de los senderos conducen hasta la Estatua de la Constitución Nacional a través de canteros poblados de flores, una glorieta abrazada por una santa rita, esculturas, bustos y una retreta construida en 1929, el tradicional centro de reunión de los vecinos y escenario de conciertos de orquestas.

Los atardeceres en el parque Intendente Quiroga o la irrupción del sol como brasa encendida, antes de apagarse detrás de las siluetas inmóviles de los pescadores y las embarcaciones que bailotean en Puerto Ruiz (a 9 kilómetros de Gualeguay), sugieren poesías visuales a las que sólo resta poner palabras o replicar en una pintura saturada de colores intensos. Ese espectáculo único transforma a vecinos y turistas en mudos testigos de un momento irrepetible.

Encaminado hacia el Museo del Ferrocarril -a metros del Corsódromo creado junto a la estación-, el guía suelta otro nombre de peso vinculado al pasado de Gualeguay y vuelve sus pasos hacia la plaza para señalar la Jefatura de Policía. Barragán revela que el navegante y libertario italiano Giuseppe Garibaldi vivió seis meses de 1837 en la ciudad. Llegó gravemente herido después de haberse declarado enemigo de la Confederación y prestar servicios para el Imperio de Brasil y estuvo preso en la Comandancia de Gualeguay.

El aire se refresca con una tenue brisa de palmeras, jacarandáes y espinillos. El guía Ignacio Barragán aprovecha el respiro que otorga la tarde de verano para cruzar la calle hasta la iglesia San Antonio de Padua, famoso por los frescos pintados por José Pierini sobre las paredes interiores, el altar mayor de mármol y ónix y las 38 columnas de estilo dórico que sostienen el templo.

De a poco, la aldea colonial vuelve a tomar forma con las calles empedradas del centro, donde asoma el encanto de antiguas construcciones de ladrillos y rejas de hierro forjado. En la esquina de 1° de Mayo y Monte Caseros brilla el señorial semblante da La Casa de las Rejas, que conserva la obra mayor realizada en 1913 por el herrero artesanal Nicolás Cepele.

En otras casas centenarias no basta con llenar los ojos con la mera contemplación. La Biblioteca Popular Carlos Mastronardi -inaugurada en 1912- regocija los sentidos con sus anaqueles de cedro europeo, las escaleras de mármol italiano y la colección de más de 50 mil libros. El Jockey Club Gualeguay sugiere sentarse en la terraza, pedir un pescado de río y ver pasar la vida de los gualeyos, siempre serena y amigable. 

Carnaval

Aunque no goza de la fama que tienen otras celebraciones en el país, el Carnaval de Gualeguay es una fiesta popular que deslumbra por el impresionante despliegue de bailarines, músicos, cantantes, disfraces y carrozas, además de la multitud de espectadores que convoca todas las noches al Corsódromo, creado junto a las instalaciones de la antigua estación de tren.

La fiesta arrancó el 12 de enero, continúa todos los sábados de febrero y alcanzará su apogeo el sábado 2 y el lunes 4 de marzo. Participan las comparsas locales K’Rumbay, Sambá Verá y SiSi, que este año festeja 40 años de su fundación con el tema “Brille la luz, suba el telón”. Cada jornada empieza a vibrar alrededor de las 22.30 con la salida a escena de los primeros bailarines. Uno de los momentos más esperados es la “guerra de espuma” que anima varias veces el público, a partir de las arengas de los locutores.

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