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Jueves 25 de julio de 2019
El sóftbol argentino, ese campeón de amateurs que se sienten privilegiados (uno es de Entre Ríos)
Sofboll

Gustavo Godoy trabaja en la Obra Social de Entre Ríos. Bruno Motroni, el capitán, en Vialidad Provincial. Gonzalo Ojeda es médico. Mariano Montero es empleado en la administración del casino de un hotel. Federico Eder es profesor en una escuela especial. Julio Gamarci, el entrenador, es abogado. Varios jugadores ayudan en los negocios familiares. Algunos son padres. Todos tienen sus obligaciones y nadie vive del sóftbol. Esta es la historia de los flamantes campeones mundiales -argentinos, claro-, que debutarán este jueves en los Juegos Panamericanos de Lima.

Tanta es la pasión que sienten por este deporte que varios se organizan para viajar algunas semanas al año a Estados Unidos a disputar la liga de ese país. Y el pampeano Huemul Mata Carabajal, el pitcher (lanzador) estrella del equipo, juega también en la liga japonesa, una de las más poderosas. Todo sin contrato. Porque como el sóftbol es un deporte amateur en el mundo, en esas competencias sólo les pagan gastos de estadía y viáticos, pero no un sueldo fijo.

"Mucha gente suele decir: '¡Cómo se sacrifican!'. La verdad, no lo veo así. Sacrificado es quien no tiene opción. Nosotros elegimos esto. Viene con exigencia, sinsabores y mucha responsabilidad, por supuesto. Pero es lo que disfrutamos hacer y por eso somos privilegiados", reflexiona Gamarci en diálogo con Clarín.

El título mundial que conquistó el seleccionado masculino en República Checa no fue una casualidad. Detrás de esa consagración, hubo un grupo de jugadores talentosos, que se prepararon como profesionales, a pesar de no serlo. Hubo un cuerpo técnico experimentado. Y hubo una dirigencia que supo entender la importancia de no buscar fórmulas mágicas y respetar los tiempos y los objetivos planteados.

En definitiva, hubo cinco años de trabajo serio y el esfuerzo y la dedicación de un plantel que evolucionó y llegó al Mundial en el momento justo de maduración.

Este logro comenzó a gestarse en marzo de 2015, cuando Gamarci asumió como entrenador jefe, luego de cuatro años de experiencia al mando de los juveniles, con los cuales ganó dos Mundiales en 2012 y en 2014. Muchos de esos pibes se sumaron a la Mayor y el resultado fue enorme.

Así se armó un plantel integrado por varias generaciones de jugadores -el más joven tiene 20 años y el más veterano, casi 38-, unidos por la misma pasión y las mismas ganas de crecer, que aceptó la propuesta "revolucionaria" del cuerpo técnico. 

"Queríamos cambiar el paradigma de nuestro deporte. Que pase a ser un deporte de elite. El objetivo era lograr consistencia y permanencia. Para eso había que correr la inmediatez y explicarles a los jugadores y a los dirigentes que íbamos a entrar en un camino de aprendizaje, en el que por ahí no conseguiríamos los resultados que esperábamos. Y pudimos hacer un trabajo serio, con chicos que fueron muy disciplinados y que no se amedrentaron ante las derrotas. Para llegar donde estamos hoy, antes tuvimos que perder seis veces", explica Gamarci.

"Lo primero que nos dijeron Julio y su equipo fue que la idea era pensar a largo plazo, y nos metieron en la cabeza que el objetivo final era Lima 2019. Que había que llegar en óptimas condiciones a los Panamericanos para ganar el oro. Cuando él asumió, ya estábamos todos en un gran nivel y nos pusimos a trabajar pensando en esos Juegos. Se mejoró muchísimo, sobre todo en los últimos dos años. Ahora se nos dio este título y estamos felices", cuenta Godoy.

Este experimentado jugador es uno de los 13 integrantes del equipo criados en Paraná, la capital nacional del sóftbol. Entre ellos está Alan Peker, quien nació en Santo Domingo pero se crío en Entre Ríos. La lista la completan los bahienses Federico Olheiser y Juan Cruz Zara, el pampeano Mata y Juan Adolfo Potolicchio, un santafesino de Esperanza que está radicado hace unos años en Guatemala, pero que vuelve al país cada vez que la Selección lo necesita. 

Gracias a esa pasión por el sóftbol que todos comparten y al trabajo serio de casi cinco años, los argentinos llegaron a República Checa conscientes de su potencial y con un objetivo simple: aprovechar el Mundial para cerrar la preparación de cara a Lima y tratar de mejorar el cuarto puesto, que era el mejor resultado histórico para Argentina.

Pero a medida que se iban acumulando las victorias -en la primera fase ganaron seis de los siete partidos-, se dieron cuenta de que estaban para más. 

El clic mental lo marcó el último juego de esa etapa de grupos, ante Nueva Zelanda, el país con más títulos mundiales y que llegaba como campeón defensor. Los argentinos arrancaron perdiendo 4-0, pero se recuperaron y se impusieron por 6-4. En cuartos de final vencieron a Estados Unidos -que en sóftbol no es potencia- por 9 a 0 y en semis a Canadá, el mejor de América, por 7 a 0.

"Fue impresionante cómo jugamos ante los canadienses. Ellos nos habían ganado por esa misma diferencia en el Mundial de 2017. Cuando terminó el partido, les mirábamos las caras y no lo podían creer", cuenta Godoy.

Gamarci, sin embargo, asegura: "Las miradas de los canadienses fueron así porque fue una paliza. Pero lo cierto es que ya desde hace un tiempo, muchos seleccionados de primer nivel veían en nosotros un equipo con serias chances de ser campeón y no se explicaban por qué en las etapas decisivas no dábamos ese salto que dimos en este Mundial. El tema es que durante mucho tiempo tuvimos una visión demasiado autocrítica. No nos permitíamos equivocarnos y nos frustrábamos demasiado ante las equivocaciones y los resultados adversos. Hoy eso cambió".

¿Cuál fue la receta para esa evolución? El grupo trabajó durante casi dos años con Daniel Barreto, un entrenador de habilidades mentales que les aportó otra visión sobre la competencia y sobre cómo sortear ciertas circunstancias propias del deporte. En tanto, Gamarci lo hizo por su lado con la licenciada Ianina Echodas, una psicóloga que trabaja en el CeNARD y lo ayudó a entender mejor el abordaje mental del juego. 

"El equipo llegó al Mundial con mucha madurez y con confianza. Se vio en la final con Japón, que fue durísima y terminó a puro nervio. Arrancamos abajo y recién en el décimo período, el tercero adicional, pudimos ganarlo. Fue una locura total, no lo podíamos creer. Cuando tenés 14 ó 15 jugadores que tienen su torneo soñado y dan el ciento por ciento, es muy difícil perder", comenta Godoy, quien disputó su último Mundial.

En Lima jugará también sus últimos Panamericanos y espera poder subirse a lo más alto del podio. Es que conseguir el oro en la capital peruana fue el objetivo que este equipo se planteó hace casi cinco años. Fue para lo que trabajó y se entrenó. El título mundial fue una consecuencia de ese proceso y una confirmación de lo mucho que se evolucionó en el camino. Pero Lima es la meta final. Allí debutarán este jueves con la mira puesta en el título.

La chance para Lima 2019

El sóftbol es un deporte amateur en el mundo. No existe una liga profesional en ningún país. En la rama masculina, Nueva Zelanda, Australia y Japón son las grandes potencias. En Europa se practica poco. En América, Canadá es el mejor, seguido por Venezuela y Argentina.

Como los canadienses no participarán en los Juegos Panamericanos de Lima, porque llevaron un equipo alternativo al torneo clasificatorio de 2017 y quedaron afuera, el seleccionado celeste y blanco -que jugará su primer partido este jueves ante México, a las 12 de nuestro país- tendrá muchas chances de colgarse el oro. 

Ese torneo es muy importante para el futuro del equipo. Porque como el sóftbol no es un deporte olímpico entre los hombres, los Panamericanos son la competencia más importante, pensando en la continuidad de las becas.

"Queremos romper el maleficio, porque siempre quedamos terceros, como pasó en Toronto 2015. Tenemos una gran oportunidad. Creo que la final va a ser con Venezuela. Ojalá podamos aprovecharlo", anticipa Gustavo Godoy.

 Y Juan Gamarci, en tanto, se ilusiona: "Si jugamos como lo hicimos en el Mundial, tenemos muchas chances. Jugar dos torneos seguidos de manera extraordinaria, como hicimos en República Checa, es muy difícil, pero no imposible".

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