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Domingo 03 de mayo de 2020
Siembras compartidas: unirse para enfrentar el riesgo agrícola (Entre Ríos y el clima)
ProductoresCampo

Ante un horizonte económico incierto para los próximos meses, muchos productores están buscando alternativas a la clásica producción agrícola por administración o al alquiler en quintales fijos por hectárea. Las siembras asociadas pueden ser una respuesta válida esa disyuntiva, al atenuar el riesgo climático y comercial que encierra la producción de granos. También pueden ser una herramienta válida para aquellos productores que levantan la cosecha y no disponen de suficiente capital de trabajo para llevar adelante la siguiente campaña. Y la lista continúa.

Mediante la figura de las siembras compartidas, por ejemplo, el dueño del campo aporta la tierra -y, eventualmente, las labores y/o el gerenciamiento del planteo agrícola- y la otra parte participa con los insumos necesarios para la producción (semillas, agroquímicos, etc.).

Al momento de cosecha, la producción se reparte en función del aporte de cada uno. Así, el dueño de la tierra puede seguir en la actividad productiva y capturar beneficios superiores a los que podría haber obtenido con el alquiler, si se alcanzan rendimientos satisfactorios.

Cuatro pasos

Los acuerdos para desarrollar una siembra compartida contemplan una serie de pasos. El primero en la valoración de la tierra. Se analiza su productividad potencial y se llega a un valor, por ejemplo, 16 quintales por hectárea de soja. Luego se evalúan las necesidades financieras del propietario: puede ser que aporte los 16qq/ha o puede pedir un adelanto -por ejemplo, de 4qq/ha- a quien aporta los insumos. En esa etapa también se establece quién va a hacer el gerenciamiento del planteo agrícola y se le pone un valor en dólares por hectárea. Esta tarea generalmente es asumida por el dueño de la tierra.

Luego se estudia cómo se consiguen los insumos: pueden ser provistos 100% por un socio o, eventualmente, el propietario puede aportar capital para comprar algunos, si dispone de recursos. Las semillas y fitosanitarios se valorizan a precio de contado. En esta etapa también se decide quién realizará las labores de implantación y protección de los cultivos: el dueño de la tierra o un contratista designado de común acuerdo.

Llegado el momento de cosecha, la producción se reparte en función del aporte previo que realizó cada socio. Por ejemplo, en un buen campo de la zona núcleo con rotación, la cuenta puede dar 53% para un propietario que aportó la tierra y el gerenciamiento, y 47 % para quien se hizo cargo de los insumos y labores. Pero este es solo un ejemplo, los valores exactos surgen del arqueo final de aportes.

Enrique Bayá Casal, titular de una agronomía con 20 sucursales, comenzó con las siembras compartidas aportando insumos a partir de 1997. En la actualidad participa en la siembra de 140.000 hectáreas a partir de 34 acuerdos con distintos propietarios.

A lo largo de esos años observó que estos arreglos "dan ventajas al dueño de la tierra que no puede hacer agricultura por cuenta propia ni quiere alquilarla; le permiten seguir manejando su campo y capturar altas rentas si los rindes son satisfactorios".

"Sigue estando activo en su empresa y puede acordar los sistemas de trabajo más convenientes para su campo que con un alquiler clásico, en el que prácticamente no interviene en las decisiones productivas; sigue siendo un productor, no un rentista", diferencia. Además, puede cobrar el gerenciamiento y puede hacer un control muy estrecho de los números del negocio".

Bayá Casal aclara que "las bases para que estos acuerdos funcionen bien son la honestidad, la transparencia y los buenos profesionales; hay que priorizar las relaciones de largo plazo y generar confianza". Además, considera que "analizar bien la información que se genera en cada campaña con el dueño del campo permite mejorar permanentemente los procesos administrativos, técnicos y comerciales de la agricultura".

Además, explica que "sí se opera de esa manera, con el tiempo se va generando un equipo de trabajo con amistad entre las partes; se establecen relaciones sanas y con metas comunes que generan muchas satisfacciones. Se llega, incluso, a que algunos propietarios quieran aumentar su escala y se asocien con el proveedor de insumos para sembrar en campos de terceros".

Obviamente, los resultados de estos acuerdos pueden ser muy variables de acuerdo a las personas que intervienen y a los sistemas productivos y comerciales empleados. En el caso de Bayá Casal, a lo largo de más de 20 años alcanzó una rentabilidad promedio del 7% sobre el capital invertido en siembras compartidas en distintas zonas. No obstante, aclara que los resultados son muy dependientes de la región. "En Entre Ríos, por ejemplo, la renta sube y baja fuertemente al compás del clima; en la cuenca del Salado también hay fluctuaciones, con años de ganancias y otros de pérdidas, aunque un poco más atenuadas; en la zona núcleo hay más estabilidad y generalmente los resultados positivos superan a los negativos".

Experiencia

Gonzalo Villegas es un empresario de la zona de Saladillo que trabaja 1500 hectáreas de una sociedad familiar y arrienda 4500 de terceros para alcanzar escala y mayor amortización del equipo de maquinaria. Afirma que "en los últimos años, la agricultura en campos alquilados se tornó muy riesgosa por la volatilidad de precios y por la intensidad y frecuencia de anormalidades climáticas. Con ese marco, no sembraría campos de terceros si no estuviera asociado con un proveedor de insumos".

Justifica su conducta al decir que "en la Argentina no hay seguros multirriesgo" y que "en los últimos años hubo que enfrentar malezas resistentes a herbicidas, derechos de exportación y precios internacionales bajos por abundancia de maíz y de soja. Son demasiadas mochilas por cargar, tanto para el propietario del campo como para un arrendatario que quiera llevar adelante planteos agrícolas sustentables".

El riesgo aumenta la zona donde trabaja Gonzalo porque hay mucha heterogeneidad y distintos ambientes en los suelos. Entonces "si el campo por alquilar es flojo o heterogéneo, es conveniente compartir el riesgo agrícola con un socio que aporte una parte de los gastos. Si no, en ese tipo de campos habría que establecer un valor de alquiler distinto para cada tipo de suelo", aconseja.

Diferencias

Luis Dillon es socio de El Renuevo, que gerencia empresas agropecuarias en Buenos Aires, La Pampa, Córdoba, Santa Fe, Salta y Chaco. Al abordar el sistema de siembras compartidas recuerda que "cada empresa tiene una realidad particular en lo referido a objetivos, equipo de trabajo, sistema productivo, capacidades y realidad económico-financiera". Y explica que "cuando el administrador debe decidir en función de todo eso, en muchos campos resultan interesantes las siembras compartidas. Por ejemplo, permiten hacer una agricultura con un socio que acompaña a la empresa y aporta parte del capital que no se tiene y no se quiere pedir prestado, o si se tiene, está previsto dedicarlo a otros destinos", agrega.

"Con siembras asociadas, el propietario del campo puede seguir haciendo agricultura con las rotaciones, el control de malezas y las fertilizaciones necesarias, al tiempo que mantiene las maquinarias y el equipo de trabajo que se ha formado durante muchos años", añade. Esta figura asociativa, entonces, se diferencia de la aparcería clásica, en la que un externo desarrolla todo el cultivo y sólo da un porcentaje al dueño del campo como retribución. Para llevar adelante estos acuerdos es necesaria la confianza mutua.

"Confianza de que en el campo se van a hacer las cosas como corresponde y confianza en que se va proceder de la misma forma en la provisión de insumos", apunta Dillon.

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