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Martes 21 de julio de 2020
“Esta cuarentena nos despertó a unos cuantos”: los que la usaron como trampolín para sus proyectos (entrerriano emprendió)
FabianBenitezParrilla

En lo laboral, la cuarentena? generó todo tipo de cambios: administrativos que hacen home office; locales que se reinventaron y ahora ofrecen productos de otros rubros; comerciantes que venden por Internet, y algunos gastronómicos que se negaban al servicio de delivery y venta en mostrador, a quienes no les quedó otra que cambiar de idea.

Pero además de esos cambios, están los empleados. Trabajadores de rubros que siguen sin poder abrir, o a los que se les bajó el sueldo por la pandemia, o aquellos que vendían en la calle y hoy no pueden salir. Los rebusques a los que apelaron para tener algún ingreso son interminables. Los más comunes son la venta de comida por Whatsapp o los envíos de ropa al por mayor a vecinos de otras provincias, que no pueden venir más a comprar a La Salada o a la avenida Avellaneda. Pero hay más historias. Incluso, de gente que por necesidad decidió emprender algo nuevo y que cree que seguirá en lo mismo después de la cuarentena.

Un viernes, en medio del aislamiento social, Fabián Benítez (44) contó sus ahorros. Estaba decidido a hacer lo que siempre quiso, pero la comodidad del sueldo se lo impedía. Ahora estaba obligado: en su trabajo -un local gastronómico- le habían bajado el salario desde que se decretó la cuarentena. Con los $ 3.000 que guardaba compró cuatro pollos y diez chorizos. Después prendió el fuego, los asó y los ofreció en la puerta de su casa del barrio Santa Rosa, Boulogne. Ese viernes a la noche vendió todo. El sábado invirtió la recaudación entera en más mercadería. A la noche, volvió a vender todo. El domingo, lo mismo. Ahora ofrece asado, vacío, matambrito a la pizza, rueda, chinchulines.

Fabián ya se compró un freezer, construyó una parrilla de material y colocó un cartel de dos metros en la esquina de su casa. “Lo de Tali”, le puso. “Tali” es su apodo. Sus vecinos fueron sus primeros clientes. El boca a boca, más el perfil de Instagram que le armaron sus hijos, más los estados de Whatsapp, lo llevaron a tener que contratar a una persona para entregar los pedidos. Los feriados vende locro.

“Voy despacio, pero voy bien. Lo estoy haciendo con unas ganas y un amor bárbaro. Esto es como un hijo: lo alimento día a día, lo veo crecer y me entusiasma”, resume Fabián, que es de Entre Ríos y cumplió 20 años de parrillero. Trabaja en una de las parrillas más conocidas de Buenos Aires. Por la pandemia, sólo sigue yendo los mediodías. Por las noches, de jueves a domingo, prende el fuego en su casa. Y piensa seguir. Su meta es crecer y trabajar con sus hijos.

“Nunca me había animado por la comodidad del sueldo. Los francos descansaba. Pero los años pasan y no nos largamos. Esta cuarentena nos despertó a unos cuántos. O nos hizo tomar coraje. Por eso voy a apostar a lo mío: me siento confiado”, dice.

Jorge Baiz (51) fue uno de los tantos que se dijo para sus adentros “¿y ahora qué hago?”, cuando el 20 de marzo se decretó la cuarentena obligatoria. Hasta ese día trabajaba como cafetero ambulante. Con su carrito a la par, recorría la zona de Once atendiendo a sus clientes de siempre y a todo el que lo frenara para comprarle. Lo hacía desde 2008. Había comenzado gracias a un microcrédito de Avanzar, una ONG que apoya a los emprendedores.

“Pero fue una manera de decir”, agrega, por la pregunta de qué hacer. “Por dentro sabía que iba a emprender algo. Me gustan los desafíos”. La lógica de Jorge fue: si muchos comenzaran a trabajar en sus casas, las computadoras se van a romper. Incluso, más de uno va a querer cambiar la suya. Entonces, se largó: se metió en grupos de Facebook y de Mercado Libre y compró un gabinete, el hardware, un teclado y todo lo necesario para equipar una computadora, que terminó armando y vendiendo a $ 24.000. Ese fue su primer capital.

En cuatro meses, Jorge armó y vendió 8 computadoras. Y dice que arregló un montón más; que cuando todo vuelva a la normalidad retomará el proyecto del café, pero sin abandonar su nuevo emprendimiento, llamado “Namasté”. “Ahora el negocio está en la venta online -reflexiona-. “Vivimos en una sociedad comercial, y todo es vendible. Varios comerciantes de Once me dijeron que están vendiendo más ahora por internet que antes con el local abierto. Es el tiempo ideal para los emprendedores, el momento ideal para ponerlo en práctica. Se acabó la patronocracia. Seamos como los artesanos de la edad media, globalizados”.

Antes de ser cafetero ambulante, Jorge había sido unas cuántas cosas más: administrativo, electricista, retocador de dibujos, e instalador, reparador y colocador de cámaras de seguridad, entre tantas. “Nací emprendedor. Eso no significa que otras personas no puedan serlo de grandes. Tal vez tengan miedo y les falte entender y creer que pueden vivir sin la dependencia de un sueldo, porque el sistema nos instaló eso. O quizás sigan creyendo en que el ‘local es todo’. Pero el pasado es pasado. El home-working es el futuro y el espíritu del emprendedor es contagioso. Y ahora que somos muchos: ¿si otros pueden, por qué no vas a poder vos?”.

La primera reinvención de Matías Gómez (43) fue entre fines de los noventa y principios del nuevo siglo: era letrista; se hizo tatuador. En el medio del cambio estudió Bellas Artes durante cinco años. Mientras tatuaba en Mandinga Tattoo, pintaba como hobby. “Siempre me gustó pintar. Nunca fue una cuestión comercial. No vendía mis pinturas. Hacerlas me representaba una especie de cable a tierra, una mejora desde lo mental. Y la verdad es que me veía haciéndolo a futuro, a pesar de que en un país como el nuestro es muy difícil vivir del arte”, cuenta.

Los locales de tatuajes están cerrados desde el 20 de marzo. Y Matías, como tantos colegas, se volcó a la pintura. La pandemia adelantó sus deseos de vivir de pintar. Llegó a hacer y a vender cuatro cuadros (cada uno puede llevarle 20 días de trabajo) y más de diez dibujos a lápiz. Su estilo es el expresionismo. Dice que no le alcanza el tiempo para cumplir los encargos que le hacen. Rechazó varios pedidos por no ser de su estilo. “Tengo un estilo. Los clientes ya saben cuál es. Tanto en el tatuaje como en los cuadros, me tengo que sentir libre. Por eso es muy lindo que alguien me diga ‘ya tengo tatuajes tuyos en el cuerpo; ahora quiero un cuadro tuyo para mi casa”, argumenta. Muchos de los que lo contactan son sus clientes. Personas a las que tatuó o lo siguen en redes sociales por su estilo de tatuaje, que es el full color.

“No gano lo mismo que con los tatuajes, pero me mantengo bien -asegura-. Tuve que reinventarme. No me quedó otra que volver a pintar y cotizar mis cuadros. Por ahí hay gente que sigue ganando lo mismo durante la pandemia y no tiene en qué gastar la plata. Los bares, restaurantes y boliches están cerrados. Y los argentinos somos muy de gastar: ven la posibilidad del cuadro y compran”.

La mayoría de los tatuadores se están dedicando a lo mismo. Algunos le ponen un precio fijo (los de Matías cuestan 20 mil pesos) y otros pintan y hacen subastas. Los menos, suben fotos de sus trabajos y venden rifas. Se estima que en la Argentina, cerca de 100 mil personas viven del tatuaje. “Cuando permitan la apertura de los locales, volveré a tatuar. Porque me lleva menos tiempo y me representa más dinero que los cuadros. Pero no voy a dejar de pintar”, concluye.

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