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Viernes 24 de julio de 2020
El largo suplicio de la clase media (referencia entrerriana)
IlustracionClarin

Bienvenida, clase media!”, rezaba irónico un pasacalle a la entrada de una villa miseria de Avellaneda en 1981. La humorada popular era sintomática. Desde hacía más de un lustro que la clase media argentina había empezado un largo vía crucis de varias estaciones que arrojó al empobrecimiento a muchos de sus segmentos.

Prueba concluyente de que la Argentina había empezado a perder su excepcionalidad regional como país socialmente integrado con pleno empleo, cuyo principal resultado era precisamente la robustez histórica de sus clases medias.

Ni bien el país comenzó a construirse como sociedad nacional, su vacuidad demográfica requería de nutridos contingentes inmigratorios. El despliegue de sus fuerzas productivas convirtió a este lejano confín de Occidente en el destino favorito de aquellos pobres del Viejo Mundo dispuestos a tentar suerte. La demanda de trabajo siempre superó a la oferta, salvo en situaciones excepcionales como las de 1890, 1914 o 1930.

El resultado fue salarios diferencialmente elevados; y dada la fortaleza de nuestro moneda, la posibilidad del ahorro. En unos años la nueva familia inmigrante podía acceder a un terreno en los remates suburbanos que fueron extendiendo a la mancha capitalina y de las grandes ciudades litoraleñas.

La casa propia era el signo inequívoco del comienzo del ascenso, junto con cierta calificación que proseguían los hijos merced a una educación pública científica y gratuita de vanguardia.

Un buen sexto grado podía convertir a la primera generación de argentinos en trabajadores “de cuello blanco” en dependencias públicas y privadas. Y en el caso de los más talentosos, ingresar en la escuela secundaria, la universidad o las academias militares deviniendo en profesionales exitosos que, salvo estos últimos, eran premiados con la autonomía respecto de cualquier superior.

Su distinción sociocultural estribaba en su despegue respecto de los trabajadores y de su distancia de una alta burguesía de grandes propietarios rurales, comerciales e industriales. Su predominio urbano no excluyó a su esforzada expresión campesina en el eje Rosario-Córdoba: la “pampa gringa”; con sus extensiones entrerriana y mendocina. Todas sus fracciones compartían el optimismo asociando su progreso individual al colectivo de la pequeña patria barrial; y desde allí, a la nacional.

La crisis de 1930 supuso un golpe devastador para toda la sociedad. Sobre todo para sus exponentes de las cuencas agrícolas que emigraron a los centros urbanos prosiguiendo la carrera desde el empleo industrial merced al Estado benefactor peronista.

La expansión estatal durante los siguientes tres décadas le abrió más puestos de trabajo en su burocracia como administrativos o funcionarios.

El peronismo expandió asimismo masivamente la matrícula para los estudios secundarios tanto para sus hijos como para los de los trabajadores invitados a ingresar en sus filas no sin antes pagar el derecho de piso de una incorporación cuya velocidad deparó las inevitables humillaciones; aunque nunca distancias infranqueables. Así lo probaban los espacios públicos de libre confluencia: escuelas, hospitales, plazas, centros de veraneo y los propios cementerios en donde nadie era más que nadie. La modernización de los ‘60 les confirió a muchos de sus retoños universitarios una renovada movilidad ascendente que rompió con los cánones de la moral tradicional.

El psicoanálisis, los nuevos roles profesionales de la mujer, los cambios en las concepciones familiares y el protagonismo de jóvenes estéticamente rebeldes y políticamente contestatarios dieron nacimiento al “progresismo” porteño. Pero el estancamiento comenzado en los ‘70 y la violencia política convirtieron a la crítica sociocultural de los 60 en frustración.

El Estado se empobreció; y con él, arrastró a empleados, profesionales asalariados y docentes, entre muchos otros. Los sucesivos experimentos económicos fallidos supusieron, a su vez, el quiebre de miles de pequeños y medianos comerciantes e industriales.

Unos pocos prosiguieron el ascenso merced a su especialización en los nuevos servicios; y desde 1983 en la política. Pero tendieron segregarse de sus parientes, venidos a menos en urbanizaciones cerradas y un estilo de vida exclusivo. El resto que resistió el empobrecimiento debió aprender a vivir en la montaña rusa de hiperinflaciones e hiperrecesiones.

El optimismo cedió a la incertidumbre y al escepticismo conjugado con el miedo al descenso. Los aprendizajes fueron también políticos: la criminalidad contraproducente de las fugas dictatoriales y el entusiasmo ingenuo sobre las virtudes de la democracia le sumaron el cuestionamiento ético a una corrupción primero rampante y después pornográfica.

También el engaño de los subsidios que hacia fines de los 2000 se pagaron con creces mediante servicios públicos miserables y la resistencia a un autoritarismo al acecho.

Se fue acuñando así una nueva conciencia política republicana que se expresó en un movimiento espontáneo. Comenzó su marcha en los grandes cacerolazos de 2012 y 2013 y culminó en el resultado electoral de 2015. Reapareció recortado tras las primarias de 2019 y se robusteció en los sucesivos “banderazos” de este año en vísperas de una nueva catástrofe que arrojará a muchos nuevamente a la pobreza.

Pero la odisea argentina los ha tornado resilientes; y después de la tormenta empezarán de nuevo con la convicción inquebrantable de que los atropellos de un poder insaciable constituyen la clave de nuestro fatídico sube y baja, sólo conjurable mediante la defensa de las instituciones de nuestra Constitución. Y que tal vez resida allí, en ese sitio elemental tan despreciado durante décadas, la luz al final de un túnel que desde hace medio siglo parece infinito.

Jorge Ossona es historiador. Miembro del Club Político Argentino


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