| Entre Ríos EN LOS MEDIOS NACIONALES |
Domingo 01 de noviembre de 2020
Juan Grabois, el "Rebelde Way" de la clase ociosa (su emprendimiento con Dolores Etchevehere en Entre Ríos)
CaricaturaGrabois

Si durante los años '80 y '90 el lugar donde surgían las jóvenes promesas políticas (de Alfonsín a Chacho Alvarez) era la clase media profesional, la era de Alberto Fernández continúa la demografía cultivada por Mauricio Macri y tiene en las pitucas lomadas de Zona Norte su semillero de estrellas juveniles. Nacido y criado en San Isidro, exalumno del selecto colegio bilingüe Godspell, Juan Grabois ha tenido un crecimiento meteórico como alter-Moyano de los humildes y vocero de las fantasías más extremas del kirchnerismo. A diferencia del ex presidente, Grabois consiguió suprimir su "papa en la boca", lo que le permitió ejercer un lenguaje combativo y proyectarse como un nuevo predicador del caos.

Durante un tiempo, Grabois transitó una clandestinidad ruidosa en los medios, pero hace poco pasó a la acción: se volvió la postal de la usurpación. En un reality show ranchero que duró 14 días, Grabois estrenó su propia Sierra Maestra bajando sobre la estancia de una familia tradicional de Entre Ríos, en compañía de la supuesta heredera despojada. Juntos, heredera y luchador social, fundaron el Proyecto Artigas; Dolores Etchevehere afirma que lo que la atrajo de Grabois es que "es cristiano". Esa combinación, de ser cristiano y mirar desafiante a cámara con campera de cuero cuando cae la policía, es la salsa donde Grabois se relame: una cuidada puesta en escena guevarista donde él encarna la amenaza al orden social.

Armados de documentalistas y militantes, la toma de "Casa Nueva" le permitió a cada uno representar el papel al que aspira. Dolores pudo ser la terrateniente sensible, poniendo caras heroicas y envolviéndose en un discurso de victimización y dignidad como quien luce un vestido costoso e indiscutible. Hay que reconocer los méritos de Grabois como productor audiovisual: el casting de su reality ranchero contó con cameos de funcionarias nacionales top como Victoria Donda y Luana Volnovich, e incluso otras más modestas que dormían en el predio. Como en las buenas tiras, hubo drama y humor: las fotos de un carnero y una oveja muertos por malos cuidados se viralizaron, y fue inolvidable ver a la policía provincial traerle el delivery a los eco-ocupas. ¿Quién puede juntar a la policía, a funcionarios del Gobierno y la prensa oficial? (La respuesta, más abajo, lo sorprenderá).

"Casa Nueva" fue el reality show de Argentina como familia partida: hermanos enfrentados por el control de la tierra, sin poder entenderse. ¿Qué símbolos ponía en escena ese reality? En su rol de bad boy con conciencia ecológica y amor por los pobres, Grabois se proyecta como el corchito erótico del kirchnerismo. Su bullying es percibido como testosterona, un faltante del gobierno de Alberto Fernández, siempre eclipsado por la sombra de la Señora. El peronismo necesita ser el partido de la fuerza, y goza agitando el miedo de la clase media de perder lo que le queda, porque cree (erróneamente) que ahí está su fuerza simbólica. Grabois no es un raro, ni un místico, es sistémico: revigoriza el relato kirchnerista con la épica de la intimidación. En su talante agresivo flamea el culto del joven guerrero, el ideal viril de la hombría premoderna (que sale en defensa del honor de la princesa rentista ultrajada). Como una nueva adaptación de "Rebelde Way", el hit de Cris Morena, pasado por la teología de la liberación.

El conflicto no podía ser más argentino: no se disputan empresas ni fábricas, solo tierra. El destino del país es, desde Alberdi, agropecuario: no hay década ganada que haya cambiado esto (en efecto, la "década ganada" es el sueño alberdiano amplificado por el megamercado chino). Para el kirchnerismo, la Argentina es una estancia donde el gobierno (bueno) redistribuye la riqueza del agro (malo). Aquí entra Grabois: los perejiles que plantó en Casa Nueva vienen a condimentar ese guiso.

Dice Guillermo Moreno, portavoz sutil del ello peronista, que hacerse el marxista es una buena táctica "para levantarse minas". Es sin duda parte del arsenal esencial de Juan Grabois, pero la suya es una utopía tan regresiva que hasta la Argentina perdida de los 1950 parece futuro (su idea de que el campo capitalista devenga parcelas familiares es medieval). Como abogado, Grabois es más atrevido y original: cree que la ley es algo que se intuye. Le propone a una periodista un "ejercicio mental de empatía": si estuvieras desesperada, ¿tomarías lo que no es tuyo? Si tu respuesta es sí, entonces la ley debe ser revisada. Grabois tiende a autopercibirse apropiándose de lo ajeno. Puede revestir estas ideas con agroecología y género, y lo hace muy bien; pero lo evidente es que no se le pasa por la cabeza la creación de valor, sólo la repartija de lo que ya existe. Esta chatura es una característica basal de la clase ociosa, que ve en la renta del campo y sus derivados la única fuente de riqueza posible. Aunque su familia tiene campos y él es un "chico bien", las pretensiones agrarias de Juan no están fundadas en el conocimiento del agro, sino en el terreno donde tiene más experiencia: arriar gente como ganado, para cortar calles y hacer presión política.

El reality cesó, no hubo temporada 2. Pero una vez que la jueza ordenó el desalojo del Proyecto Artigas, y que la policía bonaerense de Axel Kicillof reprimió la toma de Guernica, Grabois fue validado por el presidente de la Nación. Como si nada hubiera pasado, el profesor de Derecho Fernández ponderó una propuesta que le acercó Grabois: un "plan Marshall" de cesión de tierras fiscales. Como en las tiras de Cris Morena, Grabois a veces hace de su propio "mellizo bueno": en este caso, el Grabois planificador, sin que importe cómo su reciente aventura de sembrar aromáticas junto a los eucaliptos se llevó con la realidad. Aunque grabó un video admitiendo la derrota, Grabois logró imponer su agenda. El Estado es tan ineficiente administrando la riqueza que produce el campo, que sólo le queda llevar a la gente a vivir del campo directamente.

Como la modelo Calu Rivero, Grabois es un joven movilizado por la espiritualidad, en tiempos donde los goces del materialismo son puestos en cuestión. Pero si Calu abraza el discurso neohippie de la "vida simple" en las afueras de la ciudad, Grabois se aventura al campo con la exigencia de un patroncito prepotente que esconde un ejército oscuro: los trabajadores en negro, el drama de la Argentina sin registro ni representación. Y detrás de él, vienen los otros: el interés de un populismo ocioso, sin dinero y sin ideas, en busca de una épica. En Twitter, Grabois sólo sigue a Francisco I, el amigo de su padre, que legó la consigna "hay que hacer lío". Y Grabois obedece, a su manera.

Por: Pola Oloixarac


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