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Martes 15 de junio de 2021
Una nueva vida para Juanele (relatos de Juan L. Ortíz)
juan l ortiz

Un nuevo estudio regresa al entrerriano Juan L. Ortiz, uno de los mayores poetas del siglo XX, venerado entre los escritores. Simpatizante etéreo del comunismo, trabajó por años en el Registro Civil de Gualeguay.

"A caballo, a pie, a nado y en bote”, se titula el perfil celebratorio que la pionera feminista Salvadora Medina Onrubia escribe en la revista Fray Mocho el 6 de marzo de 1914. Está dedicado a un “valeroso y temerario” Juan Laurentino Ortiz (Gualeguay, 1916-1978), un joven que sin haber terminado aún la secundaria, deja su Entre Ríos natal para probar suerte en Buenos Aires. La bajada subraya que es “un pintor y poeta entrerriano que quiere hacerse célebre”.

De 1913 a 1915, serán dos años en los que la joven promesa se deslizará tan sigilosa como vehementemente por las calles de la capital: paradas en bares con parroquianos anarquistas, visitas a bibliotecas, noches durmiendo a la luz de la luna o regresos al barrio bonaerense de Avellaneda –residirá en lo de una tía– a altas horas. En el medio, un tío le presentará a Rubén Darío, asistirá como alumno libre a la Facultad de Letras de la Universidad de La Plata y viajará como custodio en un barco a Marsella, Francia, a lo largo de dos meses.

Sin embargo, tendrá que pasar más de una década y media para que firme el primero de sus diez libros, El agua y la noche (1932). Juanele –apodo familiar con que se lo conoce– tiene 36 años. Desde su vuelta a Gualeguay en 1915, trabaja en el registro civil –donde se jubilará tempranamente con 45 años–, arma el grupo Amigos de la Revolución Soviética el mismo año en que cae el régimen zarista, descubre a los poetas simbolistas belgas, se casa en 1924 con Gerarda Silvana Irazusta Etcheto –con quien tendrán a Evar, su único hijo, en 1925; ella será su compañera de toda la vida–, publica en 1930 en la revista Claridad algunos poemas y entra en contacto con César Tiempo, quien le brindará algunos contactos en Buenos Aires. En tanto, profundiza la relación con su amigo y protector, el otro poeta de Gualeguay, Carlos Mastronardi.

Estas son algunas de las postales que ha recogido el poeta y periodista Mario Nosotti en su fascinante La casa de los pájaros. Notas sobre la vida y la obra de Juan L. Ortiz, una aproximación biográfica editada por el sello de la Universidad Nacional del Litoral, la misma que en 1996 realizó junto a su colega de la Universidad Nacional de Entre Ríos la primera edición crítica en Argentina de la obra completa del bardo. Y que luego de veintitrés años, produjeron en 2020 la segunda edición, en dos tomos, con nuevas colaboraciones y originales inéditos.

No es menor la remembranza del joven Nosotti hipnotizado con el descubrimiento del vate entrerriano a través de la lectura de un Dossier Juanele en una edición de la revista Diario de Poesía en el invierno de 1986. Ese instante epifánico nos trajo hasta aquí.

Por lo pronto, el título del libro proviene del poema “La casa de los pájaros” –perteneciente a El álamo y el viento (1947), señalado como el libro del trasplante, ya que fue producido al calor de la mudanza de Juanele y su familia a la ciudad de Paraná–, que constituye una de las puntas de lanza dentro del mapa ortiziano de textos autobiográficos.

La casa se extiende en un anexo con valiosos documentos: fotografías no muy vistas, el árbol genealógico de su familia, actas de matrimonio de sus padres y del suyo, actas de nacimiento y de bautismo, actas de calificaciones, las primeras publicaciones de sus poemas, etc.

Nomás arrancan estas deliciosas ciento ochenta y nueve páginas, Nosotti aclara: “Estoy otra vez en Gualeguay. ¿Cuántas veces ya? Siete, nueve, diez quizás. Me tomo un café en la YPF del pueblo antes de encontrar al Dr. Beracochea. Espero que hoy pueda ver finalmente la casa de los pájaros”.

Y a la mitad de la lectura del libro, vamos a ser testigos de esa visita. Por intermedio de un familiar cercano al entorno de una de las hermanas de Juan L., y con la compañía del fotógrafo Fernando Sturzenegger –cuya lente tiene a la ciudad de Gualeguay, con su río y aledaños, como marmita artística–, se internan en esa estancia en la que Ortiz con su familia recaló por una temporada. Su hijo Evar contaba con 15 años. Todo está igual, salvo algunos cambios, anota. Está cerrada y en estado de semiabandono.

“Después de ese primer contacto emocionado, de constatar sonidos, planos y direcciones, productos de lo leído o de mi obstinación, me empezaba a dar cuenta de qué poco quedaba de Ortiz y ‘La casa de los pájaros’ en el lugar que pisaba. Sentí que me esforzaba en buscar un fantasma, el de un tiempo, una voz y un espacio que eran ninguna parte”, recalca.

Rastros e indicios Ese poema es central en el proyecto inconcluso de Nosotti. Convengamos que el autor tuvo la fantasía de narrar la vida de Juanele, llevar a cabo un pormenorizado estudio biográfico, íntegro y cronológico. Pero en un momento se abstuvo.

Naufragaba en un mar de borradores. Había demasiado agujeros, demasiados intersticios. Muchos imponderables. Entonces, para recoger sinuosamente las migajas y poder retribuir amorosamente la resonancia de esa vida que se le presentaba borroneada y fantasmal, se embarcó en un avistaje un poco similar al de Osvaldo Baigorria en Sobre Sánchez, una biografía parcial y en ciernes del autor de Cómico de la lengua.

Una de las grandes interpelaciones que hace Nosotti en su recorrido atraviesa las distintas aproximaciones a la obra de Ortiz: “¿Cuál es la relación de un autor con lo escrito?”. En principio, en 1937 el poeta declara: “Soy un hombre sin biografía”; y tres décadas más tarde dice: “Lo que yo he hecho ha sido autobiográfico no confidencial”.

En este sentido, Nosotti indaga en el vínculo opaco entre la referencialidad y la escritura. Y se mueve entre el Giorgio Agamben que entiende que “el autor se encuentra en el umbral del texto en que se ha puesto en juego su ausencia” y el Michel Foucault que lo acentúa: la singularidad de su ausencia es la marca del autor. La operación de Nosotti será rodearla: “Delinear una ausencia, rodearla para que algo de aquello que se escapa vuelva a hacerse presente”.

Por lo pronto, en La casa de los pájaros avanzó sobre tierra no muy firme, procurando establecer un horizonte aunque sabiendo de antemano que había algo que superaba a su tarea. En todo caso, bosqueja una sentido autorretrato de lector.

Regresemos al instante en que Nosotti nota que haber conocido la casa del poema no implica haber desentrañado el rompecabezas de tamaña obsesión. Pese a cierto desconsuelo, puede dimensionar lo fructífero de este desencuentro, el nacimiento de otra morada, la de la escritura: “Sin embargo, ahí estaba, en molde vacío, en el fuera de campo de lo escrito, en la dimensión física que había asimilado una memoria, activada otra vez por la escritura”.

Este 11 de junio se cumplen 125 años del nacimiento de un poeta que se ha canonizado en ciertos ámbitos, pero cuyo fulgor sigue irradiando ese tenue calor que nos arrulla. Los misterios de la luz, las acechanzas, las variaciones discretas, el campo como una ventana a la naturaleza, y la tensión entre la contemplación del paisaje y el drama social son los vértices de una obra que continúa abriendo puertas de sentido.

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