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Miércoles 15 de diciembre de 2021
Crisis del 2001 en Argentina: una trama colectiva por memoria y justicia (mención a militante social entrerriano asesinado)
Pocho Lepratti
Pocho Lepratti

“Si no cuidamos al otro, no digamos que somos revolucionarios”. La frase es una de las que Claudio “Pocho” Lepratti inculcó en decenas de pibes y pibas del barrio Ludueña, en el noroeste de Rosario.

La recuerda Rodrigo “Bichito” Gauna que participó de “Los Gatos”, uno de los grupos que crecían por el impulso del militante social, que formaba parte de las comunidades eclesiales de base en un barrio donde comedores y escuelas llevan el sello del padre Edgardo Montaldo, sacerdote salesiano que ya en los 90 alertaba sobre la distribución de drogas como una forma de control y destrucción de los pibes.

Hoy Rodrigo tiene 35 años, la edad que tenía Pocho cuando lo mataron. “Si ustedes quieren ser unos imbéciles toda la vida, no estudien”, es otra de las enseñanzas que le quedaron grabadas a Bichito, que tenía 15 años en 2001.

Pocho vivía en el Ludueña y atravesaba la ciudad en su bicicleta hasta Las Flores. Trabajaba en la escuela 756, a pocos metros de Circunvalación. El 19 de diciembre estaba en la escuela, preocupado por las noticias de la represión en las distintas barriadas de la ciudad. Subió al techo y dijo la frase que inmortalizó León Gieco, “Bajen las armas, que aquí sólo hay pibes comiendo”.

Pudo haber sido “No tiren, hijos de puta, que hay pibes comiendo”. Lo que recibió fue un certero disparo en la garganta. Murió poco después, en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez.

Pocho es el asesinado más emblemático de la represión estatal del 19 y 20 de diciembre de 2001 en la provincia de Santa Fe.

En esos dos días, hubo seis personas asesinadas en Rosario: Lepratti, Yanina García, Ricardo Villalba, Walter Campos, Rubén Pereyra y Juan Delgado. En Villa Gobernador Gálvez, Graciela Acosta fue asesinada y Graciela Machado sufrió un infarto en plena represión. A Marcelo Pacini lo mataron en la ciudad de Santa Fe.

La policía tenía órdenes precisas, así se lo hizo saber un efectivo policial al sacerdote de Villa Banana. Y también lo dijo el delegado de gobierno, Osvaldo Turco, lo dijo con todas las letras. El gobernador era Carlos Reutemann y el secretario de Seguridad, Enrique Álvarez. Nunca fueron llamados a declarar por su responsabilidad política en la masacre.

El máximo responsable, Reutemann, falleció el 7 de julio de 2021. Era senador nacional.

El camino de la impunidad empezó apenas se dieron los crímenes. Por un lado, las actas policiales apuntaban a diluir la responsabilidad de los ejecutores. Lo primero que hicieron los jueces que tomaron las causas fue “investigarlas” por separado.

Tan solo dos policías fueron condenados. Luis Armando Quiroz como responsable material del crimen de Graciela Acosta y Esteban Eduardo Velázquez por el de Lepratti.

La causa por el encubrimiento del crimen de Pocho, que tuvo a once policías procesados, sufrió un largo derrotero. En 2015, la Sala III de la Cámara Penal, con un análisis del juez Otto Crippa García al que adhirieron sus pares Guillermo Llaudet Maza y Georgina Depetris, ratificó las condenas por falsear el acta sobre la muerte de Lepratti, desacreditar a los testigos y balear el patrullero para simular un ataque previo fueron sentenciados el ex jefe de la subcomisaría 20ª y dos policías que iban en la misma patrulla con Esteban Velázquez, el policía que efectuó el disparo letal y que fue condenado a 14 años de cárcel, una pena que en ese momento ya había cumplido.

¿Cuánto tiene que ver aquella violencia institucional con las prácticas represivas habituales de la policía santafesina? En Rosario se desarrolla en este mismo momento el juicio por la desaparición forzada de Franco Casco, en octubre de 2014.

Es una causa emblemática, porque desnuda prácticas que se pueden ver en otras víctimas de violencia policial, que se cuentan por decenas. Una serie que llevó a una militancia social que hoy se expresa en la Multisectorial contra la Violencia Institucional.

Entonces, el gobierno provincial cerró filas en la represión que había ordenado. La comisión bicameral para investigar los crímenes de diciembre de 2001 nunca pudo formarse, ya que la Legislatura santafesina tenía mayoría reutemista.

Para esclarecer lo ocurrido, organizaciones de derechos humanos, legisladores y familiares formaron la comisión investigadora no gubernamental, que hizo un trabajo preciso: recogió testimonios en cada lugar, identificó el contexto, produjo informes anuales y llegó a un informe final.

“Fuimos uniendo un montón de elementos que nos permiten afirmar que la represión fue planificada, que hubo órdenes, una cadena de mando que la justicia nunca investigó. Las muertes fueron selectivas, la mayoría de los asesinados fueron jóvenes de las barriadas, con algún nivel de compromiso social como era el caso de Pocho”, dice Celeste Lepratti, integrante de la Asamblea del 19 y 20 de diciembre.

Pocho era el mayor de lxs seis hijos de Orlando y Dalis. Celeste es una de ellas.

Apenas mataron a su hermano mayor, ella llegó a Rosario. Más tarde se integró a la Comisión, que en 2011 mutó en Asamblea del 19 y 20 de diciembre. “Pocho nos dejó una invitación a mirar alrededor nuestro de otra manera, con una sensibilidad distinta”, dice.

En Rosario tuvo a sus tres hijes, fue concejala, es docente y militante social. Orlando, el padre, murió en diciembre de 2004, al volver a Concepción del Uruguay tras participar de los actos en homenaje a Pocho. “Perdimos a mi viejo en el camino. Decimos que es también una muerte que se llevaron las balas invisibles de la impunidad, como sucedió con tantos otros familiares”, dice Celeste.

Y suma otras: dos de los siete hijxs de Graciela Acosta se suicidaron. Celeste considera que el Estado tuvo una participación activa en la construcción de la impunidad, y también subraya que “hubo tantos heridos y heridas en los que nadie piensa, pero hay muchísima gente a la que le cambió la vida para siempre, a quienes considero sobrevivientes: heridos, heridas, miles de detenidas y detenidos. Toda esa gente tampoco consiguió justicia ni reparación de ningún tipo. Siempre son ninguneados, olvidados y olvidadas. Por eso insistimos en que está faltando justicia, más allá de la justicia formal de la que ya no esperamos nada, claramente”.

A Liliana Leyes, secretaria de Género de ATE Rosario e integrante de la Asamblea del 19 y 20, esas jornadas le cambiaron la vida y la militancia. Construyó con familiares de las víctimas una relación que los hace parte de su familia.

Desde hace un mes realizan actividades en distintos barrios por la memoria. “Creemos que la justicia la construimos entre todes, esa justicia fue la construcción que hicimos en estos 20 años en la calle, convencidas de que los familiares merecen tenerla y se transformó en una multiplicación de organizaciones. Para mí hubo un antes y después, sobre todo en las organizaciones que florecieron a partir de 2001.

En cuanto a mi vida de militancia en ATE, siempre decimos que Pocho sigue vivo porque su militancia y su práctica pedagógica la seguimos implementando en los delegados y las delegadas de ATE”, dice la dirigente, que recuerda: “Esa familia la construimos. Pocho siempre decía que había que hacer el amor en el barrio, lo decía realmente y lo practicaba. Y eso es lo que tratamos de construir diariamente”.

Carlos Nuñez es el director de la Biblioteca Popular Pocho Lepratti, que se creó en octubre de 2002 y funciona en otra zona popular, Tablada –ni tan al noroeste ni tan al sur como los barrios donde militaba y trabajaba Pocho-.

Allí hay, además de libros, talleres para niñes y jóvenes, una radio comunitaria y en la pandemia se abrió un comedor popular. Esta misma semana se presenta la cuarta edición de Pocho Vive, publicado por la Editorial de Universidad Nacional de Rosario, un libro que retoma las luchas y el legado de Pocho.

“El poder judicial hizo todo lo posible para generar las condiciones de impunidad, y de alguna forma, familiares de víctimas, colectivos artísticos, han seguido trabajando con esta idea de la justicia la hacemos entre todos, como algo colectivo y sobre todo sosteniendo el trabajo con niños y jóvenes, que son los más golpeados por este sistema.

En 20 años, si bien se construyeron distintos espacios colectivos, culturales, hay algo que está a la vista, que es la necesidad de profundizar distintas perspectivas de derecho que cuiden a los que hoy no están cuidados. Cuando tenés una sociedad que tiene la cantidad enorme de niñas y niños bajo la línea de pobreza, no hay mucho más para decir. Ahí hay una necesidad de acompañar, permanecer, estar y sobre todo de escuchar a los chicos y chicas”, dice este psicólogo que retomó el legado de Pocho en esa construcción que distingue la figura de Pocho, en Chacabuco 3085.

El jardín de infantes se llama “Las hormiguitas”. Hormigas y bicicletas, cuando están pintadas en las paredes de la ciudad, remite al Pocho. Forman parte de una memoria que se construyó a pura militancia.

Desde el comienzo de la lucha contra la impunidad, Arte por Libertad se encargó de poner los nombres de las víctimas y las fotos en el espacio público.

Para Núñez, “a 38 años de esta democracia, hay algo que está todavía muy pendiente, que es una distribución mucho más equitativa de la riqueza y fundamentalmente, con generar espacios de participación social, que sí fueron parte de un imaginario radical de 2001”. La rebelión popular de diciembre de 2001 tiene múltiples lecturas, continuidades, efectos actuales.

“Hay muchas miradas respecto de lo que fue esa rebelión de un pueblo que salió a decir basta, a decir que se vayan todos y también a generar muchas organizaciones, muchos espacios, una pelea desde abajo que generó formas amorosas de encontrarse, desde los asambleario, con propuestas que iban por otro lado. Que de verdad la política sea una herramienta para transformarlo todo”, considera Celeste Lepratti.

De aquellos pibes que formó Pocho, hay muchos diseminados en la tarea social en la ciudad. Bichito Gauna integra la organización social Hormigas de Barrio. Cuando se le pregunta por la situación social, se pone muy serio.

“Existe una violencia que en aquellos años no estaba, una violencia de todo tipo, no solamente con el tema del sicariato, del narcomenudeo, sino que las instituciones mismas, las escuelas expulsan, los centros de convivencia barrial, todos estos espacios, en lugar de abrirlos, los están cerrando y van expulsando a las personas. Puedo hablar de Ludueña y de otros barrios. Está muy violento y muy temeroso. Digo por ejemplo, sigue habiendo hambre. No sé si similar a 2001, o más fuerte”, describe. Durante la pandemia, debieron incorporar la asistencia alimentaria.

“Cuando lo escuchaba al (ex ministro de Desarrollo Social) Daniel Arroyo, me enamoraba, pero después, los protocolos no lo arma la gente que entiende las necesidades, los arman los técnicos, y queda en solo palabras lindas”, apunta. Durante estos veinte años, la militancia social se profundizó.

“Pienso que antes lo hacía más por inercia que por otra cosa, hoy lo que hago lo hago con mucha conciencia, política, cristiana”, dice Bichito, que está en la Hormigonera, un espacio de talleres, con pibes, que busca consolidar como lo hacía Pocho. Los grupos de adolescentes, la militancia en ATE. La capacidad infinita de escuchar, sobre todo a niñxs y adolescentes.

“Todavía me sorprende cómo se conoció con tanta gente, pudo estar en tantos lugares y compartiendo tantas experiencias. Tenía solo 35 años cuando lo mataron, pero su vida fue muy intensa. Hizo cosas que claramente muchas no haríamos, tomó decisiones que lo hacen diferente”, dice su hermana, que se sorprendió al ver que vivía en la villa.

“Hay historias que nos siguen sorprendiendo”, cuenta. Docente en distintas EEMPAS, escuelas secundarias para adultxs, Celeste conoció en agosto a una de sus alumnas de primer año, porque antes habían trabajado en la virtualidad.

“Me preguntó si podía hacerme una pregunta personal, y era ‘¿Vos qué sos del Pocho?’. Cuando le dije que era una de las hermanas, me contó que ella vivía en Las Flores cuando estaba por cumplir los 15 años, y su familia no podía hacerle la fiesta de 15. Entonces, Pocho los ayudó para que ella pudiera tener su agasajo en un salón del barrio. Me mostró una foto”, cuenta Celeste, conmovida por seguir encontrando historias 20 años después. Violeta tiene siete años.

Para su fiesta de cumpleaños, pidió que pasaran “El ángel de la bicicleta”. Le llamó la atención, preguntó de qué se trataba. Luz, la mamá, trabaja con Milton Halsouet, otro de los pibes que quedó marcado por la experiencia con Pocho.

Participaba de “Los Vaguitos”, uno de los siete grupos de adolescentes que impulsaba Pocho. Violeta quiere conocerlo, lo invitó a merendar.

“Pocho tiene ese poder. Para mí tiene ese poder, no es que lo tuvo. Cuando uno dice eso de que lo multiplicaron, es la vida misma. Para nosotros sigue estando vivo, más allá de que lo extrañamos un montón. Está en Violeta, que es una niña de 7 años, que se pregunta qué era lo que hacía Pocho. Él nos preguntaba a nosotros, cuando nos invitaba a una actividad ¿cómo vamos? ¿quiénes vamos? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿De qué manera? Nos invitaba a hacer, eso es Pocho. No fue, sigue siendo”, se emociona Mauro.

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