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Jueves 16 de junio de 2022
Pueblo Belgrano: el destino que se afianza con la emigración pospandemia y es ejemplo de slow travel
Nuevo proyecto
Para encontrarte con la naturaleza, la calma del campo, la playa de Ñandubayzal, que recibe todo el año, y algo de lo agreste del río.

El ajetreo de Gualeguaychú tiene su erupción en el volcán del carnaval, sin embargo, años de espectáculos, corso, carrozas, visitantes y reinas han otorgado a la ciudad de un voraz crecimiento. Allí, la vida citadina es un respiro para los porteños, pero una fiebre intensa para los entrerrianos que buscan escapar del tránsito de las calles y del furor comercial.

Fronteras afuera: Pueblo Belgrano Con tanto crecimiento, locales y recién llegados empezaron a mirar fronteras afuera. Esa traza donde el límite de Gualeguaychú empieza a perder sentido y se difumina con la nada campera o sitios donde el nombre los recuerdan los viejos habitantes., allí mismo, nació Pueblo Belgrano.

En una tierra en la que confluyeron los pueblos originarios chaná, charrúa y guaraní, allá por los años ´60, una tierra poco frecuentada se recostaba sobre la ruta nacional 14, molesta por la incomodidad del ripio. La pincelada de vialidad la había dibujado por estos lares en virtud de la construcción del puente La Balsa que se erigió en 1931.

Dos estancias daban alma a la zona: San Martin y El Potrero. Fue para los ´60 que los herederos las lotearon y permitieron la llegada de distintas familias. Como en los pequeños parajes, el epicentro se colgó el nombre del propietario del almacén de ramos generales: la “curva de Fiorotto” (nombre que hoy lleva, además, la avenida principal del pueblo) señalaba la escuela rural y al propio almacén. Para entonces se habían instalado unas 25 familias. Más de la mitad de ellas vivían en terrenos que superaban las 5 hectáreas cada uno, dedicadas al campo. Ya poblaban el pueblo el almacén Sittner, la carnicería Cereguetti, el servicio de remates Kratzer y Lema y la estación de servicio Ipperi que también hacía mecánica general.

La democracia y el Pueblo General Belgrano

La primera idea de independencia fue la Comisión pro-adelanto zona El Potrero que presidió el propio Héctor A. Ipperi, además de dueño del servicio de la provisión de nafta, responsable del primer loteo. Llegaron el tinglado que daría origen a la sala de primeros auxilios, más tarde reconvertido en el centro de salud Rodríguez Artusi y los servicios: luz y teléfono. Con la construcción del Puente Internacional Libertador General San Martin que se inaugura en 1976, crecen los inmigrantes que se afincan en el sitio que seguía llamándose distrito Potrero del Departamento Uruguay. Con la vuelta a la democracia, en 1983 los coterráneos pidieron la asignación de Pueblo General Belgrano a la localidad.

Así nació el pueblito más nuevo de Entre Ríos. Un espacio que Gualeguaychú dejó a un costado. Allí, las familias locales que arrastran la formación del pueblo sobre sus hombros, crearon un a experiencia low travel para encontrarte con la naturaleza, la calma del campo, la paya de Ñandubayzal (el balneario con camping que funciona bien todo el año) y un centro apto para el desarrollo de la actividad turística curiosa y calma: para conocer la tierra adentro de Entre Ríos con la calma del agua que la circunda.

El descanso lento Pueblo Belgrano propone un paseo cerca de casa, para hacerte una escapada mansa y conectarte con los muchos que emigraron pospandemia y le pusieron alma boutique a la idea, con una fuerte impronta turística relajada. Desde la curva de Fiorotto y el camino a la ruta internacional que une con Uruguay, la trama urbana se expande hacia el noreste.

Entre los atractivos se encuentra el Complejo Termas del Gualeguaychú a 2,5 kilómetros. Con una propuesta encantadora, cuatro piscinas cubiertas invitan a sumergirse en la temperatura acogedora, ideal para esta temporada, que va de los 37º C a los 42º C. Entre sus atributos se destacan su poder mesotermal de aguas saladas, mineralo-medicinales, que están recomendadas para aliviar una serie de lesiones y, sobre todo, para bajar la adrenalina y encontrar un alivio al estrés. A esta propuesta se suman dos piletas de agua dulce y fría para completar la experiencia. El predio dispone de espacio para alojamiento, restaurantes, quinchos y parrillas para pasar el día y juegos para niños para que también encuentren un espacio acorde para ellos.


El balneario que sorprende con arena fina y dorada

A 10 kilómetros de Pueblo Belgrano llega una de las joyas de la zona. Es que te hablan del Balneario Ñandubaysal, pero hasta que no lo ves, no te imaginás el regalito que te hacen las orillas de las aguas del Río Uruguay. Se encuentra enclavado en un paraje de naturaleza autóctona que forma una especie de barrera entre la ruta y la costa. Cuando llegás, te deslumbra la arena fina y dorada, una opción apasionante para veraneantes, pero acogedoras para una tarde de sol de junio.

Las postales dan excusas perfectas para instagramear: horizontes lánguidos, aguas planchadas, canoas que descansan dormidas en las costas, vegetación que cae cansada sobre el río que se mueve durmiendo la siesta. El parador está perfecto para cansarse de mirar el paisaje inalcanzable. Ñandubaysal, además de lo natural, está dotado de una variedad de actividades: deportes náuticos como kayak, moto-sky o windsurf; caminatas, paseos en bicicleta, avistajes de aves, y senderismo. Sector de acampe; propuestas gastronómicas; bares; luz eléctrica, vigilancia y las sombrillas naturales listas para quedarse todo el día.

El Parqué Unzué

Sobre la ruta que une Pueblo Belgrano con Gualeguaychú, en tanto, se extiende el predio del Parque Unzué, con 120 hectáreas dejarse estar en medio de la naturaleza. Lindero al otro río, el Gualeguaychú, se divide en dos áreas: el Parque Chico aparece a orillas del río, con playas y sitios ideales para probar suerte con la pesca, clubes y restaurantes. Por otro lado, el Parque Grande convoca a los amantes del aire libre con su Pista de Salud, para dar rienda suelta a la actividad física. Aquí también se encuentran el Club Hípico, el Velódromo y el Club Carpinchos.

El enoturismo de la zona

Bodega Ianni, en tanto, es uno de los espacios pioneros en la reactivación de la actividad vitivinícola de la provincia, donde, después de jubilarse, Vilma y Néstor invirtieron en el desarrollo de una experiencia de enoturismo con paseo por el viñedo, visita a la bodega, hace degustaciones e invita a su restobar. En el 2020 produjeron unas 12.000 botellas de vinos naturales, no contienen conservantes, entonces la forma de cuidarlos es mantenerlos en cavas, sin luz solar, con la temperatura adecuada”,

El alma a la sombra del Carnaval

Pueblo Belgrano se transformó en emblema de la pos pandemia. Se cansaron de recibir inmigrantes que iniciaron en este tiempo un reseteo de sus propias vidas. Joper es un restaurante de pocas mesas y un gran jardín, a la vera del horizonte donde se puede ver la puesta del sol atendido por sus dueños que llegaron apenas hace un año al pueblo y son los últimos emprendedores de la tendencia.


Los pioneros son Juliana Elicalde y Guillermo Rajneri. Ellos dieron vida a Aguaclara, un emprendimiento boutique de cabañas que incluyen su vivienda y una serie de residencias a la vera del jardín y la piscina. El quería irse a un sitio muy agreste, ella a una ciudad del interior. Acordaron un punto intermedio en las afueras de Gualeguaychú, en este pueblo casi caído del mapa de su vecina que tiene algo de lo que ambos querían: no perder de todo la vida urbana, pero ganarle mucho de descanso y naturaleza.

Guillermo, además de encargarse del restaurante modesto y a pedido que ofrece a los turistas que se alojan en su complejo, desarrolla una serie de actividades naturales que intentan ir al rescate de lo que él denomina “la riqueza desconocida de Entre Ríos, que tenés a pocas horas de Buenos Aires y que pocos descubren. Tenemos tanta belleza natural que podemos compararnos a la experiencia de los Esteros del Iberá sin sonrojarnos. Pero nos falta aún explotarlo para el turista”.

Agreste, cercano, amigable, sutil. Tiene el encanto de lo simple, eso de volver a las fuentes, encontrar la calma y dejar mecer por el río.

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