Domingo 05 de marzo de 2006
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Política
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LA IGLESIA, EN UN DEBATE DE RUMBOS Y LIDERAZGOS
Pujan sectores progresistas, moderados y conservadores. El peso de la proyección internacional del cardenal Bergoglio. Las influencias que se mueven detrás de las designaciones de obispos que realiza el Papa. La indefinición del caso Baseotto. Ade...

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or Sergio Rubin de Clarín

La Iglesia argentina es un hervidero. Las versiones arrecian. Se habla —ahora sí sin titubeos— de la salida en los próximos meses del número dos de la Curia romana, el poderoso secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano, una modificación que resultaría crucial para el Episcopado local, e incluso para el Gobierno. Hasta se aguardan novedades de fuste en la relación con la Casa Rosada: todos coinciden en que es inminente un encuentro entre el presidente Néstor Kirchner y el titular del Episcopado, cardenal Jorge Bergoglio. Los discretos medios eclesiásticos ya no pueden disimular una sensación generalizada de que se está en vísperas de novedades que evidenciarán algo más que una puja de poderes y corrientes ideológicas: el debate por el perfil de la Iglesia que viene.

El punto de hervor al que se llegó no es —como nada en la Iglesia— clavel del aire. Constituye el resultado de un proceso en el que concurren varios factores: una saturación del estilo de relacionamiento politizado hasta el hartazgo que el menemismo en sus épocas de gloria propició sin pudores con la Santa Sede; una Iglesia argentina que mayoritariamente decidió hace algunos años dejar atrás una composición que le significó ser uno de los Episcopados más conservadores de América latina y de correr detrás de las prebendas del Estado, discusión de ministro de Educación incluida. Decisión, por cierto, que el estilo menemista no hizo más que apurar. Y, por fin, la entronización de Joseph Ratzinger como Papa y la ansiedad por las decisiones que tomará. Diplomático, se le atribuye a Bergoglio decir que "hay armonía en el Episcopado", como una forma de bajar tensiones.

Es necesario volver una y otra vez a los 90 para entender el cuadro actual. La sobreactuación del gobierno de Carlos Menem acerca del alineamiento antiabortista con el Vaticano en los foros internacionales no sólo irritó al grueso de los obispos argentinos, que se sintieron puenteados y hasta presionados por la Casa Rosada para no alzar su voz frente a las denuncias de corrupción y el modelo económico de entonces. También abrió una brecha con sectores relevantes de la Curia romana, que nunca dejó de profundizarse. No fueron pocos quienes en Roma —con la ayuda de emisarios gubernamentales y hasta de ciertos obispos conservadores— fueron cuajando una visión negativa del Episcopado.

¿Qué le reprochaban (y le reprochan) esos sectores vaticanos a los obispos moderados que hoy dominan en la Iglesia argentina? Una supuesta tibieza en la defensa de los principios católicos frente al Gobierno y a los sectores políticos que más los cuestionan. Dicho de otra manera: querían, y quieren, mano dura frente a temas como la distribución de anticonceptivos, la legalización de las parejas de homosexuales y la despenalización del aborto. La controversia tiene nombres y apellidos. Los principales destinatarios de los cuestionamientos son los últimos presidentes del Episcopado: Estanislao Karlic y Eduardo Mirás, y el actual, cardenal Jorge Bergoglio.

Por el peso de los protagonistas, no es una pelea menor. El principal referente de los sectores críticos del Vaticano es nada menos que su número dos, el cardenal Sodano. Los antecedentes de Sodano complican las cosas: fue el arquitecto por la Curia romana del acuerdo con el menemismo operado a través de Esteban Caselli —embajador ante el Vaticano de Menem y secretario de Culto de Eduardo Duhalde— que trabó una estrecha relación con aquél. Pero el ala conservadora tiene en Roma otros protagonistas, como el segundo de Sodano, el arzobispo argentino Leonardo Sandri —clave en la relación con Argentina—, con criterios diferentes a los de Bergoglio.

El sector de Sodano y Sandri —al que habría que sumar al presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, cardenal Renato Martino— tiene su pata en la Iglesia argentina: el principal referente vernáculo es, sin duda, el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer. El religioso —reconocido por su inteligencia y cultura y también por su dureza— abraza con entusiasmo las críticas a la conducción del Episcopado. Más aún: se dice en los medios eclesiásticos que son ya un clásico sus visitas al Vaticano para criticar a la conducción de Bergoglio. Otro que se anota en esta corriente es el arzobispo de Mercedes-Luján, Rubén Di Monte.

Del lado de la Iglesia argentina, el principal referente es, sin duda, el número uno: Bergoglio. El problema para el sector de Sodano —y que potencia el conflicto— es que la figura internacional del cardenal argentino creció mucho en los últimos tiempos. Más allá de su destacada participación en la última elección papal —se dice que sacó 40 votos secundando a Joseph Ratzinger—, fue el más votado en el sínodo mundial de obispos de octubre (sacó casi 160 votos sobre 300) dejando muy atrás al segundo. No es menor, tampoco, que hace poco fuese invitado por los obispos españoles para que les predicara un retiro espiritual. Los adversarios del cardenal primado subrayan que, luego de las versiones sobre los votos que obtuvo, Bergoglio debía haber llamado a la prensa para decir que "del Consistorio, sólo queda Benedicto", como una forma de alinearse absolutamente con el Papa.

¿Quiénes acompañan a Bergoglio? No hay dudas que la mayoría de los obispos, empezando por los vicepresidentes primero y segundo del Episcopado, el arzobispo de Tucumán, Luis Villaba, y el obispo de Lomas de Zamora, Agustín Radrizzani. También está de su lado el principal referente del progresismo moderado, el obispo de San Isidro, Jorge Casaretto. No se sabe si todos los que están del lado de Bergoglio tienen tantas coincidencias con él, pero es claro que carecen de opciones. Así como perdieron fuerza en la Iglesia los sectores conservadores, tampoco levantaron vuelo los más progresistas.

En ese proceso, en el que casi todos se corrieron para el medio, la Iglesia argentina fue redefiniendo su relacionamiento con los factores de poder y con la sociedad. La fórmula escogida fue una actitud dialogante en la exposición de la doctrina y una prudente distancia de los gobiernos. Fue así que, ante cuestiones como el uso del preservativo para evitar los embarazos y prevenir el sida, la conducción del Episcopado moderó algo su posición. También se lanzó a transparentar los aportes extraordinarios del Estado a la Iglesia que, en épocas menemistas, habían beneficiado a un sector de la Iglesia.

La llegada de Néstor Kirchner no facilitó la tesis moderada. Kirchner, con su estilo confrontativo y poco afecto a las críticas, con su elección para la Corte de una jueza favorable a la despenalización del aborto, y con un ministro de Salud como Ginés González García, fuerte cuestionador de las posiciones de la Iglesia en materia de sexualidad, pareció entregarle al sector conservador elementos para fortalecer sus argumentos. La expulsión unilateral y por los diarios del obispo castrense Antonio Baseotto, por sus duras críticas a González García, llevó la tensión a su pico. La firmeza de Kirchner y Sodano impidió hasta ahora que se definiera la suerte de Baseotto.

El talonario de facturas políticas del sector conservador —de Roma y de aquí— estuvo a la orden del día. Llegaron a criticarle a la conducción del Episcopado no defender a Baseotto. Pero el caso del obispo castrense era emblemático (y en cierta manera anticipatorio de lo que después vendría) para el Episcopado: Baseotto no era el candidato de la conducción del Episcopado para el cargo. Precisamente, ésta era consciente de su fuerte perfil conservador y temía producir declaraciones destempladas. Le atribuyen a Caselli haber impulsado la candidatura de Baseotto. Fuentes del sector conservador negaron tener esa capacidad de influencia y recordaron que las designaciones papales se definen en base a una terna surgida aquí.

El conflicto recrudeció a fines de diciembre, cuando el Vaticano anunció la designación en los arzobispados de Resistencia y Rosario de los obispos de La Rioja, Fabriciano Sigampa, y de San Miguel, José Luis Mollaghan, que no eran los preferidos del Episcopado. El caso de Rosario fue el más llamativo: todos suponían que allí iría monseñor Radrizzani, quien en noviembre había recibido un fuerte respaldo de sus pares, al ser elegido vicepresidente del Episcopado. El malestar, negado públicamente, fue evidente. ¿Acaso quería cambiarse el perfil del Episcopado?

La pregunta del millón es si fueron decisiones de Benedicto XVI —y una reafirmación de su perfil conservador— o de su entorno (léase Sodano, Sandri). Para ser claros: si fue decisión del Papa —en una institución vertical como pocas— está todo dicho. Pero las dudas subsisten. Sólo el tiempo responderá los interrogantes. La confirmación o no de los cambios en el Vaticano —e, incluso, un encuentro entre Kirchner y Bergoglio que procure tender puentes— revelarán hacia dónde se camina.

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