Domingo 17 de enero de 2010
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Paraná
El Volcadero se muestra cambiado pero las malas condiciones persisten
En 2007 la Justicia ordenó a la Municipalidad cumplir con medidas para evitar los incendios y el humo emanados de residuos, para lo cual se realizaron obras de limpieza del Volcadero. Hoy el basural luce distinto, pero el problema persiste.
Volcadero.jpg
Hay pequeños cambios que no cambian nada.

E

n una mañana cualquiera es incesante el ingreso de carritos al mando de chicos que deberían tener entre manos un juguete y sin embargo llevan las riendas de un caballo cansado. Todos marchan detrás de cada camión municipal que llega para depositar los desechos que generan los paranaenses y que al final del día sumarán un volumen de 600 toneladas. Al menos ya no lo hacen entre las sombras de la densa humareda que durante años nubló gran parte de la ciudad de Paraná. Como si eso pudiera ser un consuelo de algo. El Volcadero está ubicado en medio de un gran conjunto de casas improvisadas con chapas y cartones, en la zona oeste de la ciudad. Es una zona de enormes necesidades y dificultades múltiples. La mala alimentación y las enfermedades respiratorias, son moneda corriente. Entre los más chicos se suman cuadros de parasitosis y entre los adultos son cada vez más comunes los problemas de hipertensión. En el barrio funciona un comedor comunitario atendido por cinco personas que recibe diariamente a 180 personas, entre chicos y grandes, de la zona y aledaños. No tienen utensilios para darles de comer, pero se cocina y se las ingenian de manera muy precaria. A veces también falta el agua y por la noche la oscuridad es total. “Es una boca de lobos”, grafica un vecino. Por estos días, una vertiente de cloaca fluye a pocos metros del ingreso, formando un pequeño charco del que beben los perros de la cuadra. El barrio no es inseguro, dicen los vecinos, aunque admiten que a veces se escuchan gritos por las peleas entre los trabajadores informales de la basura. Desde hace unos meses el enorme basural a cielo abierto luce diferente. Ya no se ven las montañas de residuos sino un playón recuperado al que solo parece faltarle unos arcos para transformarlo en un potrero. Y a lo lejos se divisa una laguna de los bajos inundables, en el borde costero. Basural El nuevo lugar de volcado está a unos 300 metros del viejo playón, en un nivel inferior. Alrededor de tres montículos de basura se mueven los carritos, y familias enteras trabajan en la separación de los desechos. Un poco más alejadas están las enormes bolsas de polietileno color rojo con los residuos hospitalarios, también con un montón de gente alrededor. El cirujeo es una actividad que puede dejar entre 80 y 120 pesos para la supervivencia y el autoconsumo de familias numerosas que viven con el dinero del día. Inclusive hay quienes tienen un trabajo más o menos formal pero cuando finalizan la jornada laboral se suman al cirujeo con el resto del grupo familiar. Cada uno tiene delimitada una zona de trabajo y es propietario de la basura que recolecta un camión municipal, por lo que muchas veces la intromisión en un lugar no correspondido genera fuertes discusiones y peleas. Por la mañana se trabaja con la basura de la noche anterior y de ese mismo día y cuando oscurece empieza la clasificación de los residuos de la tarde. Una vez depositada la basura, los cirujas seleccionan y clasifican los desechos para vender y los que utilizarán para consumo familiar y de los animales domésticos. Está todo perfectamente sincronizado y se trabaja a contrarreloj, porque a la siesta, invariablemente, llega un camión municipal que rellena con broza y detrás una máquina que compacta la tierra. El mismo trabajo se hace cada dos días con los residuos patológicos: se cava una zanja, se tira el material hospitalario adentro, se cubre con cal y se tapa con tierra. Nada cambia Pero eso parece estar lejos de ser una solución. “Esto es más de lo mismo. El basural despareció pero la basura sigue estando, la corrieron unos metros y todos los días la tapan con tierra para que no se vea. Lo único que cambió es la distancia. Y estas tierras, con todos esos desechos abajo, no sirven para nada”, reflexiona Cacho, un vecino del Volcadero. Y enseguida el hombre dispara: “Siguen juntando basura, pero la tapan con broza que sacan del Parque Nuevo”. Un empleado de la Dirección Unidad Limpieza y Saneamiento de la Municipalidad admitió que estaba a la espera de una camionada de 3 mil metros de tierra para hacer un relleno. Y un aventurado se animó a asegurar que ya se extrajeron 50 mil metros. Cuentan los vecinos que en esa zona a veces se generan incendios y se propaga un poco de humo, “sobre todo cuando se arman algunas roscas entre los propios cirujas que se pelean por la basura”, pero aseguran que “hasta ahora no se han metido con la gente del barrio”. Los vecinos advierten además que han proliferado mini basurales en las esquinas y terrenos baldíos, porque la separación de desechos se realiza en la calles y los recolectores no se ocupan de juntar las bolsas rotas, que terminan sirviendo de alimento para animales callejeros y, a la vez, se vuelven refugios para la acumulación de virus y bacterias. Y también desfilan roedores, aunque no en la misma proporción desde el corrimiento del lugar de volcada. Un muchacho que no debe tener más de 10 años espera en el carro que sostiene un caballo flaco, cansado y sediento, mientras otro, que tal vez llegue a los 20, sube los cartones que han separado para vender. “A veces se junta más y otras se junta menos”, alcanza a decir antes que una mujer lo intime a subir para continuar el trabajo. La gente desconfía ante la presencia de extraños, les molesta, los pone alertas. Las miradas inquisidoras, llenas de recelo y alguna seña cruzada sospechosa generan temor. Pero enseguida se acerca alguien que parece tener cierta incidencia sobre el resto. “En una época la gente apartaba el material orgánico del inorgánico, pero el camión compactador volvía a juntar todo; entonces los propios cirujas empezamos a hacer la clasificación en los galpones municipales, hasta que eso también se abandonó porque no hubo voluntad de hacer la inversión necesaria”, cuenta. Y se marcha. Plantear que el problema de la basura es político, no es un descubrimiento como tampoco algo completamente cierto. Desde hace años se escucha a los funcionarios de turno decir que el Volcadero está agotado en su capacidad y que el basural a cielo abierto es un foco de contaminación permanente para la ciudad, pero a la vez la producción de basura aumenta de manera exponencial, sin que hasta el momento haya una respuesta satisfactoria a la pregunta de qué hacer con la basura. “El problema son los consumideros” “El problema de la basura no son los volcaderos sino los consumideros, dónde consumimos y cómo provocamos el problema de la basura”, asegura Daniel Verzeñassi, integrante del Foro Ecologista Paraná. “Por eso es necesario volver a la producción y comercialización local”, acota. El bioquímico plantea que para resolver el problema de la basura es necesario “reconocer el mal que sufrimos los paranaenses” y remarca que “no hay humos a la vista en los lugares provenientes del Volcadero y de hecho el basural hoy está muy distinto, pero no se sabe dónde está ni qué se hace con esa basura”. Pero Verzeñassi es escéptico sobre esa aparente solución: “Nos llama la atención cómo pudo resolverse tan abruptamente un inconveniente de años y tampoco sabemos qué está sucediendo con el tratamiento de los plásticos y compuestos orgánicos persistentes. Además, hay un nuevo lugar de volcado, clasificación y disposición final de los residuos, en un lugar muy próximo a la laguna de los bajos inundables, que es un espacio de enorme valor como sistema de borde costero y de humedales; pero el problema es que ese playón está muy próximo al nivel de crecida del río Paraná”. El ecologista cuestionó también la forma en que el Municipio ha encarado la solución del problema “porque utiliza tierras del Parque Nuevo, que es un área natural protegida, para realizar esos rellenos en los que se compacta la basura. Y esos suelos están perdiendo su capacidad porque reciben lixidiados, que son los líquidos que resultan de la descomposición de la basura. Hoy dicen que el problema está resuelto porque se hizo un trabajo de compactación, relleno y taponamiento de la basura. Pero en cada lluvia todos esos químicos escurren hacia las aguas subterráneas y terminan en el río Paraná, así que las costas están contaminadas por esa química que llega de los cursos de agua. Y lo que está en superficie también afecta el ambiente por permeabilidad y capilaridad de suelos hacia arriba”. (Fuente: El Diario).-
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