Lunes 20 de mayo de 2013
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Interés general
Se cumplen 15 años del controvertido suicidio de Yabrán en Entre Ríos
El empresario acusado de tráfico de armas y lavado de dinero, se mató tras el asesinato del fotógrafo Luis Cabezas. En mayo de 1998, se suicidó disparándose con una escopeta, que le desfiguró el rostro y hacía al cadáver irreconocible.
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Alfredo Yabrán.
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n escopetazo en la boca convirtió, hace 15 años, a Alfredo Yabrán en uno de los muertos más cuestionados y controvertidos de todo el país. A los 53 años, el poderoso empresario postal se descerrajó ese disparo fatal en una de sus estancias de Entre Ríos donde permanecía prófugo de la Justicia, acusado de ser instigador del crimen del reportero gráfico José Luis Cabezas, asesinado en Pinamar el 25 de enero de 1997. Con el rostro irreconocible por la deflagración, el cuerpo de Yabrán apareció en el baño de la estancia San Ignacio, situada a unos 30 kilómetros de Gualeguaychú, el 20 de mayo de 1998 en horas del mediodía. La noticia generó inmediatamente una ola de sospechas acerca de la veracidad y comenzó a rodar en la sociedad la hipótesis de que se trataba de un suicidio fraguado. Cinco días antes, el juez de Dolores que investigaba el crimen del fotógrafo, José Luis Macchi, había librado la orden de captura internacional, luego de que Silvia Belawsky -la esposa de Gustavo Prellezo, un ex policía acusado de haber disparado contra Cabezas- acusara a Yabrán de haber planificado el asesinato. El empresario sabía que ordenarían su captura con suficiente antelación gracias a la perspicacia de uno de sus abogados, el ex camarista Guillermo Ledesma, el mismo que en diciembre del año pasado viajara a Miami para asesorar a Antonini Wilson, el hombre de la valija de los 800 mil dólares. Yabrán era conciente de que no iba a poder esconderse por mucho tiempo y sentía que sus vínculos políticos, que tantos frutos habían dado en su vida comercial, se iban evaporando. Esa mañana, "Don Alfredo" -como le decían sus empleados- estaba absolutamente tranquilo y se dispuso a preparar una abundante picada para compartir con sus caseros Leonardo Aristimuño y Andrea Biordo, como antesala de un asado que nunca llegó a la mesa. El arribo de una comisión policial que pretendía detenerlo fue el detonante del desenlace fatal. Yabrán se escondió en el baño con su escopeta preferida y ni bien escuchó que un agente tocaba el picaporte de la única suite del casco, lanzó el disparo que resonaría en el país entero. El jefe de la División Departamental de Concepción del Uruguay, comisario principal Alberto Ceves, fue quien se encontró con el cuerpo del empresario tendido en el piso. Si bien la cara no tuvo contacto directo con el disparo de la escopeta -marca Baikal, calibre 12.70, dos caños superpuestos-, los perdigones que se diseminaron por la boca y sus esquirlas le deformaron completamente el rostro. Según consta en la autopsia, el cráneo presentaba al menos 32 impactos de perdigones. Yabrán había logrado mantenerse casi en el anonimato hasta el 23 de agosto de 1995, cuando el ex ministro de Economía Domingo Cavallo lo responsabilizó ante el Congreso de ser "jefe de una mafia enquistada en el poder". La denuncia pública se canceló sigilosamente tres años después, cuando Cavallo firmó un acta-acuerdo con la familia Yabrán en la que le pedía disculpas por haberlo acusado de mafioso. A partir de esa acusación, la imagen del enigmático empresario era el objetivo más codiciado de distintos medios. Y fue José Luis Cabezas quien capturó a Yabrán junto a su esposa caminando por la playa en Pinamar. Esa foto, que ilustró la tapa del 3 de marzo de 1996 de la revista Noticias, fue la primera que hizo público el rostro del enigmático empresario. "Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente", había dicho Yabrán a sus allegados, dando a entender que para hacer oscuros negocios era necesario tener un rostro desconocido. En pocas décadas había construido un imperio: era dueño del mayor correo privado, de las terminales de carga, de empresas de vigilancia y seguridad, de transportadoras de caudales y quería adueñarse de las comunicaciones satelitales del continente. Su riqueza era valuada en 2 mil millones de dólares y había sido construida gracias a sus estratégicas alianzas con las Fuerzas Armadas durante la última dictadura y con el menemismo. "Soy un simple cartero", dijo para desvincularse de la docena de empresas que le adjudicaron las denuncias de Cavallo, principalmente. Cinco meses después del asesinato de Cabezas, y pese a su condición de sospechoso, Yabrán fue recibido en la Casa de Gobierno por el jefe del Gabinete de Ministros, Jorge Rodríguez, tras lo cual la oposición acusó a Carlos Menem de proteger al empresario. En ese contexto, el entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Duhalde, jugó un partido personal en esta contienda: comprendió que apuntando a Yabrán también podía herir a Menem, su enemigo íntimo. Entonces pasó a monitorear la investigación por el caso Cabezas con un sistema de computación de entrecruzamiento de llamadas telefónicas —Excalibur—, que develó los vínculos entre el empresario y el menemismo: del teléfono de Yabrán salían más llamados a la Casa Rosada que a sus propias empresas. Incluso este sistema dejó al descubierto la relación entre Yabrán y el por el entonces ministro de Justicia, Elías Hassan, quien debido a esto renunció a su cargo. La denuncia de Cavallo, el crimen de Cabezas con un sello mafioso, la deteriorada imagen pública del menemismo por casos de corrupción y la solitaria intención de Memen de ir por la re-reelección fueron fracturando el compacto bloque de poder en el cual se asentaban los redituables negocios del empresario postal. El hombre de origen sirio libanés estaba casado con María Cristina Pérez, tenía tres hijos (Pablo, Mariano y Melina) y había nacido el 1 de noviembre de 1944 en Larroque, un apacible pueblo ubicado en el sur de la provincia de Entre Ríos, donde continúan residiendo varios de sus hermanos. El cadáver de Yabrán fue entregado a sus hermanos a las 3 de la madrugada del 21 de mayo de 1998, con expresa prohibición de ser cremado. Fue despedido horas después en el exclusivo cementerio Parque de Pilar por sus tres hijos y un puñado de amigos y empleados leales. No estuvieron su esposa; tampoco funcionarios ni políticos ni empresarios, publicó Análisis.
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