Opiniones
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Lunes 27 de abril de 2020
Luis Edgardo Jakimchuk (*): Hacia una nueva cultura económica, innovadora e inclusiva

El coronavirus desnudo que nosotros no sólo somos lo que pensamos que somos, sino también lo que no siempre somos conscientes de ser.

Cuando achiquemos lo que no sabemos (economía y sociedad debe sostener un Estado solidario para que las mayorías tengan una vida digna), tanto mejor nos irá como sociedad.

Quiero decir, que con frecuencia criticamos las orientaciones económicas, pero dejamos de lado que todo sistema necesita de personajes que actúen y se comporten de determinada manera para funcionar y que somos nosotros los que, consciente o inconscientemente, lo hacemos funcionar, por las razones que sean.

En efecto, actuamos como asociales y concluimos subordinado por completo a los fines económicos que impulsan un puñado de actores monopólicos, acompañado por medios masivos monopolizados que crean formatos de “normalidad” y formatean la realidad que consumimos.

Es lo que Erich Fromm califica como la “patología de la normalidad”, en el sentido de que nos acostumbramos a ver y convivir con una realidad enferma, patológica e injusta, además, la justificamos y nos adaptamos a ella, pero, al mismo tiempo, estamos esencialmente disociados de ella pues no “vemos” con claridad qué es lo que está ocurriendo, e incluso negamos que nosotros nos comportemos de manera deshumanizada.

Hoy transitamos la incertidumbre y ausencia de perspectivas ante el futuro y nos devuelve al espejo (lo que no fuimos suficientemente consciente ser), la alta irracionalidad y ética en décadas arrumbado por el dominio neoliberal; las causas y la razón de tanta miseria social.

La pregunta que recorre esta cuestión, es saber si somos capaces de aprender algo de la cantidad de cicatrices que nos dejó estas políticas y, que la única salida es colectiva para reconstruir un nuevo pensamiento social que deje una huella permanente en una vida digna, con derechos humanos sin avasallar.

No va a ser fácil cambiar un paradigma de acumulación del capitalismo inhumano, a un sistema de crecimiento social solidario, sin profundos cambios en la concepción del Estado. Resulta imposible pensar que tantas muertes y sacrificios no traerá consecuencias tremendas económicas y sociales para millones de personas.

El escenario post-pandemia requiere un despertar de la razón, generando la plena consciencia en la sociedad de nuestra fragilidad frente a los problemas que tenemos desde hace décadas: desigualdad, hambre, desempleo, subempleo e informalidad, distribución de la riqueza, monopolios, rentabilidad, sistema tributario, sistema financiero, negocios bancarios, la concentración de la tierra, medio ambiente, servicios públicos entre otras tantas cuestiones que nunca terminamos de incluirla en la agenda de la política nacional.

Se aproxima un maremágnum de problemas económicos y sociales tremendamente complejos.

La economía argentina no va a volver a la normalidad.

De acuerdo a lo estimado por Centro de Estudios para América Latina (CEPAL) la caída de la economía será un 6,5 por ciento para este año. Esto ayudará aún más agudizar la recesión, la inflación, el cierre de empresas, se multiplicará la desocupación con impacto en la pobreza e indigencia que muestra una preocupante evolución por la cuarentena. Derrumbe de las exportaciones. Caída de recaudación en las provincias y municipalidades.

Pero lo más preocupante es la disposición de sobreponerse las personas a los momentos críticos que se vendrán. La situación económica será muy dura para la gran mayoría.

Hacer frente a esta complejidad de dramas se requiere recursos. Hay consensos (el FMI, entre ellos), que debería   provenir de un impuesto a la riqueza y de todos los sectores económicos que han ganado inmoderadamente. A esta medida, como era de esperar levantó una férrea oposición de los multimillonarios. Esgrimen la alta presión tributaria. Mito que han logrado instalar los voceros afines a la acumulación de los grandes grupos económicos y familias ricas, que lejos está de ser real.

Magdalena Rua, en un artículo en Elcohetealaluna de este domingo, muestra datos que la presión tributaria está por debajo del promedio de los países “desarrollados” y, que gran parte de la riqueza de las personas de alto patrimonio se encuentra en el exterior y una porción de ésta podría no estar alcanzada por el fisco argentino. En su análisis sostiene “según información de la AFIP, en conjunto las 14.440 personas de mayores fortunas de Argentina poseían casi tres veces más bienes en el exterior que en el país en 2017. A su vez, los argentinos declararon bienes en el exterior por alrededor de 78 mil millones de dólares en 2017, según los datos de la AFIP, mientras que INDEC estimó 266 mil millones de dólares de activos externos del sector privado no financiero para ese mismo año”. Estos mismos personajes pretenden que el Estado pague los títulos de deuda que administran los grandes fondos de cobertura porque tienen parte de su fuga allí.

Una cosa esta clara, no va a ser fácil entenderse con la burguesía, porque eso pondría en juego no solo las grandes fortunas, sino sus rentabilidades. Ayer el presidente resaltó que la política es conflicto de intereses. Reconoce las dificultades que entraña un cambio profundo de modelo social, y está convencido de que éste no surgirá de un iluminado, sino de arraigar en la conciencia colectiva la idea de que otro modelo es posible y beneficioso para todos.

Qué bueno sería que nuestros ricos copien el ejemplo de Warren Buffett, que un artículo de opinión en el New York Times (14 de agosto de 2011) con el título: “Basta de mimar a los multimillonarios”, llamaba a hacer reales los “sacrificios compartidos” que exigía la situación de la economía americana, y por tanto a aumentar los impuestos a los multimillonarios como él. El llamamiento de Buffett en Estados Unidos fue acompañado de otros similares en Francia, Alemania e Italia, basados asimismo en afrontar los dilemas éticos latentes en aquella situación. En Alemania se creó la organización “ricos por una tasa para los más ricos”. Su líder, Dieter Lehmkuhl, planteaba: “No necesitamos todo este dinero para vivir”. En el manifiesto inicial de la organización se afirmaba: “Queremos ser un ejemplo de cómo los pudientes se pueden comprometer más para la superación de la crisis económica y financiera”.

Alguien dijo: la pos-pandemia será como un período de pos-guerra. Encontraremos sólo escombros. Necesitamos un nuevo norte. Repensar el significado de nuestras vidas, nuestra forma de sociedad. ¡¡¡¡ Ojo!!!! El capitalismo se reinventa. Necesitamos un capitalismo que su actividad económica, el éxito y las ganancias, no se vuelvan fines en si mismo.

(*) Ex diputado provincial - PJ

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