Opiniones
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Jueves 27 de agosto de 2020
Escribe: Juan A. Bracco (*): Teléfono

La política es una práctica que puede ser descripta o sintetizada en acciones concretas. “Gobernar es poblar”, era la sentencia de Juan Bautista Alberdi. “Gobernar es crear trabajo”, postuló Juan Domingo Perón. Son dos ejemplos de alta política. Pero para la cotidiana, la de todos los días, cabe la definición de que “política es atender el teléfono”.

La sentencia resume una trama. A quien se le atiende el teléfono, puede considerarse dentro del círculo de sectores o personas a las que el poder reconoce, da entidad como interlocutor válido. A quien no, quedó fuera de forma definitiva o circunstancial (a ésta última se la describe como “estar en el freezer”, estar congelado y fuera del radar del poder por un tiempo).

Atender el teléfono es, por consiguiente, definir también a que intereses se responde y cuáles son los factores que se tienen en cuenta y cuales no a la hora de tomar decisiones de gobierno.

Vale aclara que responder al llamado, elegir la tecla verde aunque la roja tiente, es poner el cuerpo en presente, en directo, para dar cabida a reclamos y planteos, para escuchar y tener en consideración sugerencias y alternativas posibles y factibles (para el interés que pugna) sobre decisiones en carpeta.

No es lo mismo atender que dar el visto o contestar por cortesía un mensaje. La contestación de un Whatsapp con un emoji deja al receptor a las puertas de la heladera, pero la respuesta con texto no tiene mayor peso, mayor valor relevancia que el “hoy no se fía, mañana sí” que se puede leer en verdulerías y almacenes de barrio.

Los intereses a los cuales el gobernante responde o atiende no son siempre congruentes y las más de las veces son contradictorios. Ahí está el oficio de quien está en política: hacer equilibrio en una cuerda floja que es tironeada desde los extremos. Así, y para conformar a más de un grupo de interés, la conducción del Estado debe tomar decisiones que, para los comunes mortales, aparecen como contradictorias.

Lo curioso es que esta apreciación también la suelen esgrimir como producto de un sesudo análisis cientistas políticos, para quienes una medida de gobierno es una metonimia, una parte que permite prefigurar un todo. Ese todo es uno u otro plexo doctrinario de ideas que, supuestamente, permite vaticinar o colegir cómo actuará quien gobierna en situaciones a futuro. Cuando esto no ocurre, cuando las definiciones políticas presentes no se corresponden con las pasadas, en lugar de rever su paradigma, cargan contra el decisor, catalogándolo de “contradictorio” o “zigzagueante”.

La matemática da un ejemplo claro para entender esto. En la secuencia 1, 2, 3,… la primera respuesta inmediata es que el próximo número es un 4. Pero si aparece un 5 desconcierta. Se alega error o falla y se lo busca: alguien puso un número donde no iba. Recién si luego del 5 el próximo número en surgir es un 8 podremos identificar la secuencia Fibonacci, y comprender que el último número es producto de la suma de los dos anteriores (1+2=3 / 2+3=5 / 3+5= 8 y así). Al descubrir la regla, comprendemos la progresión.

La regla básica en política, desde Maquiavelo hasta estos días, es la conservación del poder que no tiene otro secreto que su ejercicio. Es desde allí hay que visualizar las secuencias.

Ahora bien ¿a quién atiende el teléfono el gobernador Gustavo Bordet?

Al presidente Alberto Fernández, por supuesto. Pero ese llamado viene “de arriba” y no responder tiene consecuencias severas, como bien lo sabe un intendente entrerriano que no lo atendió cuando era el operador de Cristina Fernández para el armado de las listas provinciales y hoy no le alcanzan las horas del día para arrepentirse.

A quienes pueden o quieren sucederlo en 2023, por supuesto. En este caso, Bordet se ubica en la misma situación que el Rey de “El Principito”: ordena lo que sí o sí sucederá. De lo contrario, el poder se evapora. Como correlato de esto, a los intendentes, pero allí el filtro de la gestión y las obras le pone un coto a la política.

¿A sus ministros? Los funcionarios de primera y segunda línea dicen que escuchan y acatan más de lo que hablan.

Con el Partido Justicialista reducido a su mínima expresión, producto de la desmovilización que se agudizó por la pandemia, y acéfalo (mantiene de hecho a sus autoridades, pero los mandatos caducaron el 6 de junio pasado), el Gobernador mantiene una relación radial con los dirigentes de su partido, apuesta que no es segura de cara a la continuidad del oficialismo más allá de su segundo mandato.

¿A la oposición? No a todos. El ida y vuelta con el ex ministro del Interior del macrismo, Rogelio Frigerio, fue tan intenso en aquellos días que es difícil imaginarlo en cero ahora. Frigerio, además, pone sus fichas en Juntos por el Cambio (JxC) pero, mientras tanto y por las dudas, reflota en Entre Ríos el partido que cofundara su abuelo, el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID).

El MID empezó el siglo como socio del radicalismo, pero buena parte de los ’80 y los ’90 actuó como aliado del PJ. Y si Frigerio necesita un trampolín de emergencia para escapar a la constricción de JxC, podría volver a serlo. En política 1 + 1 no siempre es dos. O sí. Depende.


(*) Periodista

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