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Viernes 09 de abril de 2021
Gonzalo García Garro (*): El Congreso Nacional de Filosofía de 1949: El Peronismo, Carlos Astrada y la Argentina que reflexionaba sobre su identidad

El Primer Congreso Argentino de Filosofía

En el año 1947, por iniciativa del rectorado de la Universidad Nacional de Cuyo, se convocó al “Primer Congreso Argentino de Filosofía”, con participación de todos los países hispanohablantes”. El 20 de abril de 1948 el Poder Ejecutivo lo declaró de interés nacional  y el presidente Perón  dispuso que el Congreso pasara a denominarse “Primer Congreso Nacional de Filosofía”.

El Estado puso a disposición de los organizadores todos los recursos para garantizar el éxito de este primer encuentro internacional. El Congreso se celebró en Mendoza entre el miércoles 30 de marzo y el sábado 9 de abril de 1949.

El propio Perón intervino pronunciando una conferencia como cierre durante la sesión de clausura, ceremonia celebrada en el Teatro Independencia de Mendoza en la tarde del sábado 9 de abril de 1949, con la presencia de María Eva Duarte de Perón, todos los Ministros que integraban el Gabinete Nacional, los Rectores de las Universidades argentinas, otras autoridades y los congresistas.

Perón ofreció en esa intervención, plena de referencias históricas filosóficas, las principales posiciones ideológicas del justicialismo. Este texto sería difundido posteriormente en forma de libro titulado “La Comunidad Organizada”.

Los años finales de la década del 40 fueron muy ricos para el pensamiento argentino. El gobierno peronista, que logró una democratización social sin precedentes, ofrecía el marco propicio para que se profundicen grandes cuestiones pendientes como el tema de los orígenes y el destino de la nacionalidad argentina.

El protagonismo que tuvo Perón en el Congreso con su discurso de cierre, aprovechando para presentar la idea de la filosofía justicialista al mundo, a lo que se le debe sumar el contexto internacional de la posguerra, le dieron al encuentro un carácter político evidente que fue muy criticado por algunos de los “filósofos” afines a las clases dominantes enfrentadas al peronismo que pretendían un encuentro aséptico y apolítico, básicamente para no hablar del peronismo y en términos del pensamiento lo que este expresaba.

Llegaron y/o enviaron ponencias muchos filósofos destacados como Hans Georg Gadamer discípulo del existencialista Martín Heidegger, el tomista francés Jacques Maritain, Julián Marías, José Vasconcelos, Gabriel Marcel, entre otros reconocidos intelectuales del mundo.

Ese Primer Congreso Nacional de Filosofía fue clave, no sólo por las discusiones filosóficas que se realizaron, sino también porque tuvo, reitero, un fuerte matiz político ya que, dos meses antes de la reunión se había reformado la Constitución Nacional, hacía menos de dos años que había concluido la segunda guerra mundial, la humanidad tomaba nota de los Juicios de Nuremberg, Hiroshima y Nagasaki y se advertían los primeros escarceos de la Guerra Fría, que dominaría al planeta, durante más de cincuenta años .

Sobre Carlos Astrada

En cuanto a los filósofos argentinos, en esos años el existencialismo europeo que lo expresaban Martín Heidegger y Jean Paul Sartre, entre otros, en Argentina era estudiado y difundido por el filósofo Carlos Astrada.

Pero también se manifestaba por esa época otra fuerte corriente de pensamiento en nuestro país que era la filosofía tomista católica encabezada por monseñor Nicolás Octavio Derisi. Excedería los límites de esta nota comentar los contenidos de las conferencias y las polémicas desatadas en los diferentes temas filosóficos tratados.

Si, entiendo que es imprescindible hacer una referencia mínima en estas líneas a un pensador argentino, que hizo importantes aportes para la comprensión de la argentinidad: Carlos Astrada. 

Si uno atendiera a la simple cronología, a una enumeración de nombres y hechos, el cordobés Carlos Astrada podría aparecer como un pensador agudo pero ecléctico y contradictorio que recorre todo el arco filosófico y político del siglo XX argentino llevado por los aires de la época: heideggeriano en los años 30, peronista en los 40 y tempranos 50, marxista en los 60; hacia el final de su vida maoísta.

Mao Tsé Tung lo recibió en China porque el Partido Comunista Chino estaba en conocimiento de la crítica que Astrada le dirigía al PC soviético por su carencia de pensamiento dialéctico.

La biografía que traza Guillermo David en su portentoso ensayo “Carlos Astrada. La filosofía argentina” (2004) lo muestra exactamente al revés: como un intelectual riguroso, por momentos quizá demasiado rígido, para quien la posibilidad de cambiar de perspectiva estaba asociada a la necesidad de mantener su coherencia en la búsqueda de una verdad.

Este pensador nacional era un hombre austero, con aspecto aindiado que había nacido en Córdoba en 1894 y murió olvidado en Argentina en el año 1970. En la cátedra de “Pensamiento argentino y latinoamericano”, (obsérvese que casi no existen cátedras de pensamiento argentino en forma exclusiva), que se dictan en las facultades argentinas la inclusión de la obra de Carlos Astrada queda a criterio del docente. Son muy pocas las que lo abordan.

Filósofo peronista, maldito para el pensamiento oficial 

Sujeto a un impiadoso y sintomático olvido, Carlos Astrada, el mayor filosofo argentino, ha permanecido en un cono de sombra del cual es preciso que el pensamiento nacional definitivamente lo rescate.

Astrada convocó a diversas tradiciones filosóficas para articularlas en el “Humanismo de la Libertad”. Al anti-humanismo de Heidegger oponía la vertiente de los humanismos occidentales como condición para reformular una nueva imagen del hombre. 

El ansia que late en la filosofía libertaria de Astrada no es el hombre de la razón, ni el homo economicus del liberalismo, ni el homo faber del pragmatismo sino un hombre centrado en su humanidad como centro de todo valor, rescatado de las alienaciones por la praxis. Este es, en una apretada síntesis, la novedosa propuesta filosófica de Astrada.

El Mito Gaucho

El gran aporte de Astrada al pensamiento nacional lo hace en su libro más conocido, “El Mito Gaucho” publicado en 1948. En su obra dice que todo pueblo tiene un destino histórico fundado en un mito, en una “sustancia mítica” como la denomina. Y en nuestro caso es el mito del Martín Fierro. Esto supone un programa de vida, un trabajo a realizar y una misión que cumplir.

Para Astrada, la “geopisque” hace del hombre argentino un arquetipo germinal, de un origen que olvidó y que, so pena de traicionar o desertar de sí mismo, tiene que retomar para mantener la continuidad y la progresión de su ser.

El hombre argentino es el hombre pampeano, es el que nace del mito gaucho plasmado en el poema de José Hernández. 

"Es un ser de lejanía”, una sombra en fuga y dispersión sobre su total melancolía… Este ser argentino, “no obstante a la vertiginosa y avasallante avalancha forastera”, la inmigración, se reveló tan fuerte que no sucumbió al alud colonizador. Atinó a replegarse, a recluirse, a esperar…

Las clases dirigentes durante generaciones traicionaron nuestro mito fundacional e intentaron remplazarlo por el mito europeo. Y, a pesar de esta transgresión, la oligarquía no pudo extirpar el núcleo nacional de un pueblo que aún espera la realización de su destino histórico. En palabras de Hernández Arregui: “Para Astrada, Martín Fierro es la historia nacional en su pasado, en su presente extraviado y en su futuro inconcluso”.

Una raíz del pensamiento nacional

Y, en ese mismo año, 1948, en que Astrada intentaba encontrar el ser argentino en nuestro máximo poema nacional, otro escritor, Leopoldo Marechal, desde la ficción literaria publicaba “Adán Buenosayres”, obra canónica de la literatura nacional, en la que también incursiona en el problema de la argentinidad, sus orígenes y su destino.

Pero no todo era reflexiones sobre el  “ser nacional” o la “argentinidad” en el mundo de la cultura. Por el contrario, la irrupción del peronismo produjo una verdadera crisis en el mundo de las letras especialmente. Muchos escritores miraban con desprecio a los Marechal, a los Manzi, a los Discépolo que habían decidido ir detrás de un “demagogo” como Perón.

Me refiero a los literatos de “Sur”, Victoria Ocampo, Bioy Cásares o el mismo Jorge Luis Borges que para esa época publica “La fiesta del monstruo”, metáfora literariamente irrelevante de la “barbarie peronista”.

Le sugiero, al compañero o la compañera que le interese esta temática en especial, recurrir al ensayo de Abelardo Ramos  “Crisis y resurrección de la literatura argentina” donde con claridad el autor expone, la relación entre literatura y poder político en el marco de un país dependiente.

(*) Abogado e historiador paranaense.

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