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Domingo 03 de octubre de 2021
Joaquín Morales Solá (*): Alberto y Cristina: una relación definitivamente rota

El Presidente nunca terminó de digerir el motín vicepresidencial, que incluyó renuncias de funcionarios que no renunciaron y una dura carta pública con fuertes críticas; ella no disimula nada.

Solo faltaba que ella lo hiciera público. Y lo hizo. En la tarde del jueves último, la escenografía montada para una supuesta reconciliación de Alberto Fernández con Cristina Kirchner se derrumbó. Cristina fue a la Casa de Gobierno, pasó por el despacho del ministro Eduardo “Wado” de Pedro (su sucursal en la Rosada) y luego se dirigió al acto público con el Presidente.

Cuando se retiró cumplió el mismo ritual. Unos minutos en la oficina de De Pedro y luego el adiós a ese edificio que gobernó durante ocho años. Ni una palabra a solas con el Presidente.

“Esa relación está totalmente rota”, acepta un ministro que frecuenta a los dos. Alberto Fernández nunca terminó de digerir el motín vicepresidencial, que incluyó renuncias de funcionarios que no renunciaron y una dura carta pública de ella con críticas al propio jefe del Estado. Cristina no disimula nada, pero el espectáculo de los últimos días vació de contenido la insistencia del Presidente en que la relación entre ellos era perfecta (o, al menos, normal).

Desde la derrota y el motín, el Presidente prefiere recluirse en Olivos más que en la Casa del Gobierno. Algunos dicen que está perturbado por la melancolía de los tiempos felices, de los meses en que su popularidad escaló hasta niveles que ni Cristina ni Macri habían conocido. Añora los tiempos inaugurales de su gobierno. Ahora, su escasa imagen positiva y su enorme imagen negativa son muy parecidas a las de Cristina Kirchner. Ella es una jefa política fría e implacable.

Todavía presiona, aún más, para deshojar el cerco de amigos personales de Alberto Fernández. Lo quiere arrinconado en la soledad. Ya le limpió a su exvocero Juan Pablo Biondi (que virtualmente formaba parte de la familia presidencial) y también echó al exjefe de Gabinete Santiago Cafiero (el más leal entre los leales). Ahora avanza contra el secretario general de la Presidencia, Julio Vitobello, un antiguo amigo presidencial, y contra el jefe de asesores de Alberto, Juan Manuel Olmos, un viejo compañero del Presidente en las andanzas peronistas de la Capital.

“¿En qué puede hacer daño un asesor si no tiene lapicera ni capacidad de decisión? Eso es solo maldad”, concluye un funcionario que solo observa.

Y esperan su turno los ministro de Economía y de Producción, Martín Guzmán y Matías Kulfas, que no son amigos personales, pero sí funcionarios nombrados por Alberto Fernández.

La estrategia de Cristina es clara: desplumar al Gobierno de albertistas para tener una esperanza en las presidenciales de 2023. Su viejo desdén hacia Alberto Fernández (“traidor”, lo llamó hasta 2015) lo resolvió con la decisión de cocinarlo a fuego lento. Los dos se dedican largas diatribas ante interlocutores que no saben qué contestar. Estos están deambulando por una cima peligrosa.

(*) Periodista de La Nación.

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